martes, 29 de marzo de 2011

Diccionario latinoamericano de Vargas Llosa

En Londres, 26 de junio de 2005, el escritor universal, Mario Vargas Llosa, escribe el prólogo de uno de sus libros más interesantes y personales: Diccionario del amante de América Latina (Paidos Ibérico. 2005). En solo 6 páginas condensa sus ideas y sentimientos sobre este continente, el verdadero Nuevo Mundo. Es una magnifica síntesis con la profundidad propia de sus novelas y ensayos. Un texto plagado de nombres de personas y lugares que han hecho la historia, que contribuyeron a definir el carácter de estos países surgidos en la selva; muestrario de su riqueza humana y cultural.

“Este libro”- escribe Vargas Llosa – “es un testimonio del compromiso con América Latina que contraje en París, pronto hará medio siglo, y al que sigo fiel”. Fue en esta ciudad y en los años sesenta cuando descubrió que él no era solo peruano sino latinoamericano. Que América Latina no era un puñado de países dispersos y diferentes, sino una unidad que iba más allá del idioma y de la pobreza. Una región  desconocida para la mayor parte del mundo, que la revolución cubana y las guerrillas colocaron en primera fila. Además, aquellos descubrieron que en ella se  escribía una literatura de alta calidad, vivaz, sorprendente, con una nueva manera de contar las historias. “En sus mejores exponentes, el arte y la literatura latinoamericanos han dejado atrás hace tiempo lo pintoresco y lo folklórico y alcanzado unos niveles de elaboración y de originalidad que les garantizan una vigencia universal”.

Los noveles escritores de entonces, viajan, viven y escriben en París, ciudad que se convirtió” en la capital de la literatura  latinoamericana”. Personas de todas las razas y continentes, principalmente de ascendencia africana, conviven con los de origen latino que representan a occidente y con pueblos nativos como los incas, aymaras, aztecas, etc. más cercanos al Oriente que a la civilización europea. El autor nos advierte sobre el  alto grado de subjetividad con que fueron escritos estos vocablos o entradas  de su diccionario amoroso. Por eso encontramos  en él muchas contradicciones y cambios de rumbo sobre acontecimientos de trascendencia,  que han transformado la historia de nuestros pueblos.

En diversos artículos de este libro Vargas Llosa  se refiere a las astronómicas diferencias de ingreso entre pobres y ricos, a los niveles de marginación, desempleo y pobreza, en los países latinoamericanos, a sus altos niveles de corrupción que socava sus instituciones, a  la criminalidad y el narcotráfico, en buena parte responsabilidad de gobiernos dictatoriales, oligárquicos o populistas.

Vargas Llosa era un intelectual de izquierda, entusiasta  partidario de la  revolución cubana, admirador del comandante Ernesto Che Guevara. En 1967, año de la muerte de éste, escribe un artículo que comienza con estas palaras: “El Diario de campaña del Che en Bolivia quedará como uno de los libros más fascinantes de nuestro tiempo (…) si la revolución no se realiza el Diario perdurará como testimonio de la más generosa y osada aventura individual intentada en América Latina”. Más adelante agrega:  “Esa idea de que América es una sola y que esa unidad se forjará a través de la acción revolucionaria, surgió durante la etapa de la emancipación de América (…) La originalidad suya está, precisamente, en conciliar  su adhesión a Marx y a Lenin con el  ideal de la unificación continental que profesaron los mejores americanos y, sobre todo, Bolívar y Martí”. ( p. 185). Pero pocos años después Vargas Llosa da un fuerte giro político y se enfrenta a Fidel Castro y a la revolución cubana.  El caso del poeta Heriberto Padilla tiene mucho que ver con su nueva posición. El régimen castrista ha impuesto la censura y encarcelado a Padilla por publicar su libro Fuera de juego. Otro de los cargos contra el poeta era el de ser homosexual. Finalmente,  ante la presión internacional, Heriberto Padilla es expulsado de Cuba y morirá de sida en Nueva York. ¿Los versos de Padilla podían desestabilizar al régimen socialista  o se castigaba su condición sexual? Recientemente el presidente  Raúl Castro reconoció como un error el trato dado por el gobierno revolucionario a los homosexuales en Cuba. El escritor peruano reconoce que a lo largo del tiempo sus opiniones literarias y sus juicios políticos han cambiado muchas veces de blanco y de contenido. ¿Puede alguien asegurarnos que sus posiciones políticas actuales, no hablo de sus principios filosóficos, son definitivos? 

jueves, 17 de marzo de 2011

Monte Ararat

Partimos de la estación central de trenes de Moscú,  un día de verano de 1962. Nos esperaba un largo camino. Nos dirigíamos a Erevan, la capital de un país para nosotros desconocido, que ni siquiera podíamos imaginar, Armenia.

Atravesamos amplísimas estepas de la Rusia blanca y de Ucrania, donde  antaño las tropas  cosacas recorrían las tierras de los ríos  Don,  Volga y  Dniéper como en el Taras Bulba de Nicolái GógoL  o en El Don apacible de Mijáil Sholojov.  Recuerdo el paso por la ciudad heroica  de Stalingrado, que hoy lleva el nombre neutral de la Ciudad del Volga, donde se libró la mayor batalla de la Segunda Guerra Mundial. Bordeamos el Caspio, un mar encerrado que muere porque las olas pierden lentamente la batalla con la sal, ampliándose la extensión de las tierras. Llegamos al puerto de BaKú, capital de Azerbaiyán, donde divisamos hileras de torres metálicas extractoras de petróleo.

Fue el viaje en tren más largo de mi vida. Cuando llegamos a Erevan,  prácticamente había perdido la movilidad de las piernas. Sencillamente había olvidado caminar. Fueron dos noches y tres días continuos. Atravesamos las montañas del Cáucaso. Recodé el mito griego de Prometeo encadenado a las rocas del Cáucaso, castigo del Dios Zeus por haber entregado el fuego a los hombres. La única región de la URSS donde contemplé  paisajes propios de Colombia, las mismas montañas gigantes. Los trenes y los camiones se veían a lo lejos  reptando entre el intenso verde de las laderas.

Erevan está situada en la cumbre de una montaña. Los edificios  recubiertos con losas  arrancadas de canteras de color rojo quemado, logrando  la ciudad un tono extraño digno de una hecatombe olvidada. La población consume un agua cristalina y fresca, tan agradable, que se encuentran surtidores en diversos lugares públicos donde beben sus habitantes. Nos hospedamos en el Hotel Armenia. A la mañana siguiente de mi llegada, bajé a la recepción del Hotel y me encontré con un suceso inesperado.

Estaba allí un amigo colombiano, Marco Tulio Rodríguez. Fue tal la sorpresa de mi compatriota que le entró una risa nerviosa e inconscientemente  trató de apartarse de  de mí. Comprendí su ofuscación, pues, resultaba tan increíble  ese encuentro en un lugar tan lejano del mundo. Marco Tulio, quien ocuparía un alto cargo en el Ministerio de Comunicaciones de Colombia, era por entonces, también, una persona importante en los países socialistas del Este. Había sido elegido Secretario General de la Unión Internacional de Periodistas.

Otro hecho que me extrañó fue escuchar en la calle conversaciones en español. La mayoría eran jóvenes. Les pregunte dónde habían aprendido el idioma. Resultaron argentinos, cuyos padres habían emigrado al país suramericano y ahora sus hijos regresaban a la patria armenia, entusiasmados por las victorias de la Unión Soviética en la guerra  mundial y en la economía. Era ya la segunda potencia del mundo, con un sistema socialista que presagiaba nuevos y sucesivos triunfos.  El guía que nos acompañaba, miembro sin duda del partido comunista, nos propuso, entre otras iniciativas, visitar algunas iglesias y el Seminario donde se preparaban los futuros sacerdotes de la religión Católica Armenia. Su Papa era el Católicos. Otra sorpresa. Dialogamos con 28 jóvenes que estudiaban para el sacerdocio.

 Marco Tulio me invitó a conocer el lago Sevan. Es un espejo de aguas azules entre las montañas. En el centro hay un promontorio y en su cumbre las ruinas de una iglesia. El paisaje es bellísimo. Con razón se decía que allí estuvo el Paraíso Terrenal. El lago desagua por el río del mismo nombre. Para aprovechar la altura de la montaña, construyeron los armenios siete caídas de agua sucesivas. En cada una de ellas instalaron una central eléctrica.

La víspera de mi regreso subí a la terraza del hotel. En el firmamento millares de chispas de estrellas. A mis pies,  un área de la tierra iluminada. En la parte turca, la oscuridad plena de la noche. Al fondo, el macizo imponente de Ararat. Su cumbre es plana, donde podría aterrizar  una nave interplanetaria o encallar un barco lleno de seres vivos, capaz de esparcir las especies animales y vegetales por toda la Tierra.

martes, 1 de marzo de 2011

Viñetas sobre un joven vagabundo



La carretera de Cormac McCarthy (1933) es una de las mejores novelas de los últimos años publicada en los E.E..U.U. de América. Galardonada con el Premio Pulitzer. Es el relato más despiadado que hemos leído sobre ese país, cabeza de la democracia y la prosperidad, tan admirado y discutido por una buena parte del mundo. Se trata de una metáfora que pronostica un final trágico para los E.E.U U.

 En tiempos de realismos maravillosos y dilatada fantasía (sobre todo en las literaturas de países aún no desarrollados), la literatura norteamericana actual ofrece a los lectores obras de intenso realismo. Nos recuerda aquellos libros escritos alrededor de los años treinta del siglo anterior (los de la “gran depresión”), como El camino del tabaco  de Erneskine Caldwell o la trilogía U.S.A. de John Dos Passos, entre otros. Muestran el mundo “tal como es”. Una prosa precisa, donde los objetos y los hombres se entrelazan en medio de una profunda transparencia. Sin ocultar lo malo y lo feo o las causas de disolución de la sociedad humana.


“En tiempos de realismos maravilosos y dilatada fantasía (...), la literatura norteamericana ofrece (...) obras de intenso realismo”

Atraído por la lectura de La carretera, también llevada recientemente al cine, emprendimos la tarea, no siempre placentera, de leer otra novela del  mismo autor: Hijo de Dios (Random House Mondadori,  Debolsillo, 2009) Escrita más que con pluma o computador, con una cámara cinematográfica. Numerosas secuencias se suceden rápidamente, algunas son tan cortas que no se extienden por más de una página. El joven Lester Ballard, quien es “un hijo de Dios más o menos como tú”, es decir, un individuo cualquiera, presencia la subasta de la propiedad de la familia. En lugar de irse a la  ciudad, en busca de empleo o de estudio, se queda rondando por Frog Mountain. Seguía  los rastros que dejaban los conejos en el bosque, caminaba por los bordes de la carretera entre retazos y latas de cerveza o se extendía en alfombras de hojas secas o  cogía ardillas para asarlas o jugar con ellas. Siempre cargaba un rifle que había comprado con lo ganado en trabajos transitorios y que por ahora  le servía para mejorar la puntería en las ferias, ganando osos de peluche. Sin embargo, dice el autor: “un astro maligno velaba por él”.

Una tarde encuentra un coche a un lado de la carretera. Ve  una pareja , uno encima del otro, un muslo totalmente desnudo y un par de nalgas peludas. Ballard se metió al carro, apagó el radio, pero el motor seguía funcionando sin parar. “!Me cago en la puta! ¡Pero si están muertos!”. Observó los pechos de la chica. Con la punta del pulgar le acarició el pezón. Lo que sigue es realmente espeluznante, digno de un hombre que en vida regresa a los infiernos.

El pene del muerto está embutido en un condón amarillo húmedo. Lester se acuesta sobre el cadáver de la muchacha desnuda y la posee (si es exacta la palabra) frenéticamente y le susurra en su oreja blanca como la cera todo lo excitante que es posible decirle a una mujer. La arrastra a su morada, la desviste y la vuelve a vestir hasta que  las chispas de la chimenea encienden la casucha . Solo encuentra un hueso mordido por el fuego. Más tarde irá a su antiguo hogar  y matará a una joven, hija del nuevo propietario. Destruirá también la casa. Continúa con una serie de asesinatos gratuitos y absurdos, dignos de un loco.

Ocurren otros acontecimientos, entre ellos, McCarthy describe la inundación del pueblo. “Es la peor que jamás he visto, dijo el sheriff. Dicen que en las inundaciones de 1885 el pueblo entero quedó sepultado bajo las aguas. Estaréis de acuerdo conmigo que hay lugares en que el Señor no quería  que nadie viviera ¿no?.  Mi mujer me ha dicho hoy: Es un castigo de Dios”.

(Lester Ballard) “Mientras yacía despierto en medio de la oscuridad de la cueva le pareció oír un silbido como cuando era niño y estaba en la cama a oscuras y oía a su padre volver por la carretera, un gaitero solitario; pero el único sonido era el del riachuelo que fluía a través de la cueva para ir a desembocar, quizá, a mares desconocidos del centro de la tierra”.  Será capturado y ejecutado. El sheriff encontrará en la cueva  siete cadáveres en fila y despojos de un pequeño monstruo que al fin y al cabo “era un hijo de Dios como tú”.           

miércoles, 16 de febrero de 2011

Triunfo de la razón (XVII)

Si Francis Bacón abre la puerta, es René Descartes quien entra de lleno a la modernidad. Toda una época, toda una historia queda atrás. Hasta el siglo XVI el pensamiento dependía de fuerzas ajenas al hombre. A partir de Descartes se descubre un pensamiento diferente, sencillo e independiente, que solo procede sustantivamente de la razón y de la conciencia de sí. La teología filosofante cede su lugar a la filosofía. Los hombres hacen una pausa en el camino del pensar y se preguntan de nuevo ¿Qué es la verdad? ¿Tenemos certeza de ella?

Con René Descartes comienza la cultura de los tiempos modernos. Formula un principio general que regula y gobierna el mundo, que surge del hombre mismo y no de la divinidad, por lo menos de una manera directa. El pensamiento parte del pensamiento, de la razón, luz que iluminará la modernidad hasta nuestros días, cuando ésta comienza a agotarse.



“Para Descartes no es verdad nada que no tenga una evidencia interior en la conciencia o que la razón no reconozca de un modo tan claro que excluya toda posibilidad de duda.”

Cartesio nació en 1596, en Haye, Francia. Estudió en colegio de jesuitas. Sumamente interesado por todas las ramas del conocimiento humano, literatura antigua, filosofía, jurisprudencia. matemáticas, química, física, astronomía, etc. Sin embargo, repudiaba el estudio libresco, le atraía sobre todo la práctica de las ciencias. Vivió en París, pasó a Holanda, ingresó al servicio militar, combatió como voluntario en la guerra de los Treinta Años. Un filósofo que amaba las armas, cosa poco frecuente. Mas su heroísmo estaba en otro lugar. Hegel dice: “René Descartes es un héroe del pensamiento, que aborda de nuevo la empresa desde el principio y reconstruye la filosofía sobre los cimientos puestos ahora de nuevo al descubierto al cabo de mil años”. (Lecciones de historia de la filosofía. T.III, p.254. F C E . 1955.) Viajó por Alemania, Praga, Polonia, Suiza, Italia. En Holanda permaneció de 1629 a 1644, aprovechando la gran libertad de que gozaba el país, donde escribió la mayoría de sus obras. La Reina Cristina de Suecia lo llamó a Estocolmo donde murió en 1650.

El espíritu de su filosofía es el saber, como unidad del ser y del pensar. Su tesis básica es que se debe dudar de todo y “esto representa evidentemente un comienzo absoluto”. Por ello no es escepticismo sino algo más profundo. El sentido de la duda cartesiana es que debemos renunciar a todo prejuicio, a cualquier premisa que se acepte de antemano como verdadera. La única guía es el pensamiento mismo, buscando un puro comienzo. Nada está firme ni seguro, nada existe con la cualidad de un algo exterior totalmente objetivo. Toda la filosofía anterior llevaba el defecto de presuponer algo como verdadero. Pero para Descartes no es verdad nada que no tenga una evidencia interior en la conciencia o que la razón no reconozca de un modo tan claro que excluya toda posibilidad de duda. Podemos dudar que Dios existe, los planetas, cierto cuerpo que vemos o sentimos, pero no que existiéramos nosotros mismos. Sería contradictorio pensar que no existe aquello que piensa.

Hemos llegado al famoso Cogito ergo sum, “Pienso, luego existo”. El pensamiento es lo primero, es la determinación del ser. El “yo pienso”, envuelve mi propio ser y este es, dice Descartes, el fundamento absoluto de toda filosofía. El pensar como ser y ser como el pensar es mi certeza, mi yo. En “Pienso, luego existo”, se contienen inseparablemente unidos el pensamiento y el ser. Entre ellos hay una identidad, una relación directa e inmediata. No existe ningún intermediario. No hay imagen, ni concepto de lo externo que interfiera y nos pueda conducir al error.

La identidad del ser y el pensar es, según Hegel, la idea más interesante de los tiempos modernos. La conciencia está en primer lugar. Incluso si lo que vemos o pensamos no es real y dudamos de su existencia, hay algo de lo que no podemos dudar y es que estamos pensando y por consiguiente que existimos. El pensamiento es más cierto para mí que el cuerpo. Desde luego que en el querer, ver, oír, va implícito el pensamiento.

De esta manera la filosofía ha recobrado su verdadero terreno. Es la conciencia y solo la conciencia la que nos da la evidencia de la verdad. La “cosa” del yo, de la conciencia, se desdobla en dos substancias, el cogito y la extensión. El pensamiento y el cuerpo. La modernidad ha encontrado lo suyo, lo que más tarde será el espíritu, las ciencias del espíritu o de la cultura y las ciencias de la naturaleza. “El hombre es esa cosa que piensa”.

viernes, 4 de febrero de 2011

“La verdad de las mentiras”

Adiós a las armas, El viejo y el mar, París era una fiesta, son, en mi opinión, las mejores novelas de Ernest Hemingway (1899). En ellas sobresalen  dos de las características principales  del escritor estadoudinense: pasión por la escritura y por la acción. Hemingway pertenece a esa estirpe de escritores que no pueden permanecer quietos en su escritorio, hasta el punto de  gustarle escribir de pié en los mostradores de los bares y siempre andan en busca de aventuras, bien sea en las cumbres del Kilimanjaro, en la guerra civil española o en los mares de Cuba.

Mario Vargas Llosa ha dedicado en su libro La verdad de las mentiras (Alfaguara, 2002) dos ensayos al escritor norteamericano sobre sendas de sus obras: París era una fiesta y El viejo y el mar. Como la inmensa mayoría de los lectores exclama su admiración por este “canto del cisne” que escribió  en Cuba en 1951, cuando hasta los críticos más perspicaces daban como un hecho su irremediable decadencia. Es el relato de una epopeya, la indomable lucha del anciano pescador, Santiago, por capturar un inmenso pez, lo que pone en tensión todas sus fuerzas, hasta lograrlo finalmente. Pero la voracidad de los tiburones convierten su triunfo en una victoria pírrica, que le permite a Hemingway consignar una sentencia inolvidable: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

“La verdad de las mentiras le sirve a Vargas Llosa para sustentar su tesis básica sobre la novelística. Las “novelas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener...”


París era una fiesta (1964), la última  (póstuma) gran obra de Hemingway,  comunica a los lectores el mismo embeleso que sienten los visitantes por esa ciudad, iluminada por su belleza física y el encanto indefinible que flota por todos sus ámbitos.  La fiesta es por la liberación (además de  celebrar vivir en París), cuando los aliados expulsan a las tropas hitlerianas. Es la del reencuentro de los artistas y escritores que han vivido y amado a la entonces sede de la cultura de Europa. Es por el disfrute de un vaso de whisky o de un habano, al abrigo de la noche y escuchando las canciones de moda que no solo hablaban de amores sino de muertes heroicas.

La verdad de las mentiras es la plena prueba del talento y la erudición del escritor sudamericano (Arequipa, 1936) Son cortos ensayos, entre otros, sobre Joyce, Virginia Woolf, Scott Fitzgerald, Faulkner, Malraux, Camus, Nabokov, Tomasi de Lampedusa, Pasternak, Doris Lessing, Böll, Tabucchi. Cantos a la riqueza y el esplendor de la literatura, un alegato elocuente a favor de la lectura de buenos libros, que hacen mejores a los hombres.

La verdad de las mentiras le sirve a Vargas Llosa para sustentar su tesis básica sobre la novelística. Las “novelas se escriben y se leen para que los seres humanos tengan las vidas que no se resignan a no tener. En el embrión de toda novela bulle una inconformidad, late un  deseo insatisfecho”. Su tesis es profundamente revolucionaria: no se escriben las novelas para contar la vida sino para transformarla. Todas las novelas rehacen la realidad, a veces para adornarla y otras para empeorarla. Translucen los más secretos deseos, ambiciones o frustraciones, bien se trate de un escritor realista o del género fantástico.

El autor peruano afirma que la literatura forma ciudadanos críticos e independientes difíciles de manipular, que es sediciosa, subversiva, que hay textos literarios que provocan conmociones   sociales que pueden acelerar las revoluciones, de dichas obras resulta un desafío a lo que existe. Por ello las iglesias y los gobiernos establecen censuras, cuando no persecuciones y confinamientos. Autores como Orwell o Kafka anticiparon las dictaduras totalitarias del siglo XX, “las más refinadas, crueles y absolutas de la historia”. Hoy existe la amenaza de que en el mundo cibernético que comenzamos a vivir se extienda una sociedad aletargada, sin espíritu, una  resignada” humanidad” de robots que habrían renunciado a la libertad.

El premio Nobel 2010 termina su libro con una exhortación a defender la literatura, “esa fuente motivadora de la imaginación y la insatisfacción, que nos refina la sensibilidad y enseña a hablar con elocuencia y rigor y nos hace más libres y de vidas más ricas e  intensas”.

jueves, 20 de enero de 2011

Vargas Llosa, premio Nobel

Mario Vargas Llosa, además de gran novelista, es un excelente ensayista. Entre los escritores de su generación, que es prácticamente la misma del boom literario latinoamericano, sobresale por su erudición. Ha logrado unir su talento de literato, una prosa vigorosa y en momentos hermosa, con una gran lucidez intelectual. Ha adelantado estudios académicos de literatura y letras, enseñado en importantes universidades, dictado conferencias en foros de la cultura mundial y como lo destacó la Academia Sueca del Nobel, posee un sentido político que le ha permitido la  comprensión de las estructuras de poder, que ha reflejado en sus múltiples novelas y ensayos y piezas de teatro.

Su interés en la política ha llevado a Vargas Llosa, también, a participar en ella en forma decidida y entusiasta, hasta el punto de lanzar su nombre como candidato a la presidencia del Perú. Si bien podemos calificar algunas de sus tesis económicas como de derecha, sería un error englobar su pensamiento político en la reacción. En defensa de sus ideas liberales se ha pronunciado enfáticamente a favor de los derechos fundamentales del individuo, de la libertad de pensamiento  y el respeto de los derechos humanos. Sus obras literarias se inspiran en un hondo humanismo y  solidaridad social. Creo no exagerar si afirmo que Vargas Llosa es un profundo analista de las situaciones del mundo contemporáneo, un agudo observador de los dramas y encrucijadas de la modernidad capitalista, que se ha nutrido del colonialismo, de la explotación, de la desigualdad social y económica y de la opresión política, como lo afirma en su última obra El sueño del celta, Alfaguara, 2010. , uno de sus mejores trabajos literarios y políticos.


“Creo no exagerar si afirmo que Vargas Llosa es un profundo analista de las situaciones del mundo contemporáneo, un agudo observador de los dramas y encrucijadas de la modernidad capitalista”.

Demuestra como la llamada “barbarie africana” no es propia de los pueblos originarios de ese  continente, sino que les fue impuesta  como un  cruel legado de las potencias coloniales europeas, emblemáticas de la civilización  occidental y cristiana.  Igual ocurre con la selva amazónica donde la empresa inglesa Peruvian Amazon Company, la tristemente célebre Casa Arana, condenaba a los indígenas de las diferentes tribus a la esclavitud más monstruosa en el proceso de extracción del látex, en las caucherías, sin límites geográficos, legales o éticos, iniciando de esta manera la destrucción de la selva virgen y arrasando con sus culturas. El escritor peruano calcula que murieron, principalmente en el Congo, bajo el reinado de Leopoldo II de Bélgica, 10 millones de personas, “casi como dos veces el holocausto judío. El primer gran holocausto moderno”.

El sueño del celta, no es estrictamente una novela, sino la biografía novelada de Roger Casement, personaje histórico que vivió entre 1864 y 1916. Vargas Llosa centra su relato en los años más dramáticos y decisivos de su vida, 1903 – 1916. Año en que muere en la horca por traición a la patria inglesa. En realidad era irlandés, que se entrega totalmente a luchar por sus ideas y principios,  por causas dignas y nobles, merecedor de la admiración y el respeto de sus coetáneos y de todos los hombres que piensen con dignidad en cualquier lugar de la Tierra.

Casemet era un joven educado, apasionado e inteligente. Amante del género humano.  Funcionario del Foreing Oficce. Tiene algo de misionero. Viaja al Africa. Desembarca en el Congo. Detrás de esa naturaleza imponente está El corazón de las tinieblas, de su amigo el escritor Joseph Conrad. Ve con sus propios ojos la terrible realidad de la colonia belga, oculta por las mentiras piadosas del Rey Leopoldo II, quien se hace regalar más de dos millones y medio de kilómetros cuadrados para sembrar en Africa la civilización y el cristianismo. Descubre que su verdadera patria, Irlanda,  también es una víctima del colonialismo inglés. A la causa de la  Independencia de Irlanda entrega su vida en el patíbulo. Los informes que escribió Roger Casement como producto de su dolorosa experiencia en el Congo y en el Putumayo, a instancias del gobierno británico, fueron conocidos en el mundo entero y acatados en sus recomendaciones. Muchos de los altos empleados de la Casa Arana fueron encarcelados y finalmente ésta  se  extinguió devorada por la selva.

o       o        o

En una pequeñita alfombra voladora enviada por la Casa de Poesía Silva, leo este bello poema de Maruja Vieira sobre la PAZ.

Más allá de esta nube de ceniza / el hombre espera. / Espera que la sombra le devuelva / su herencia de esperanza, / su antiguo mapa tranparente.

El hombre quiere un poco de silencio / para que el hijo diga su primera palabra.

Esa palabra que nunca es “guerra”, / que nunca es “muerte”.

martes, 14 de diciembre de 2010

Filosofía moderna (XVI)


El Evangelio había unido la divinidad con lo humano en la persona de Jesucristo. Durante los años posteriores a su publicación, se inició la separación entre el mundo exterior y el del espíritu, o sea, entre el universo material y el del espíritu del hombre considerado como un contenido divino, suprasensible. Según Hegel frente a la vida religiosa aparecía un mundo natural, que incluía la naturaleza del hombre, como algo aparte del mundo del espíritu: “Esa indiferencia mutua entre  ambos mundos había venido siendo elaborada a lo largo de la Edad Media, la cual se debate a través de esa contraposición, hasta que a la postre se supera” (Hegel. Lecciones sobre la historia de la filosofía. T. III, pág. 203 FCE. 1955).

La idea del infinito predominaba en el pensamiento hasta los siglos XV y XVI, cuando se le concede a lo finito, a lo presente, el puesto destacado que merece (éste es un momento decisivo en la historia de la filosofía occidental), que va a estimular el desarrollo de la ciencia moderna. Lo finito nos permite utilizar la experiencia, nos acerca a lo mundano. Lo mundano quiere ser juzgado mundanamente y su juez es la razón pensante, dice Hegel. El pensamiento se torna independiente, rompiendo la antigua unidad con la teología. El hombre se considera ahora completamente libre en el pensamiento y aspira a conocerse a sí mismo y comprender la naturaleza. La filosofía se desdobla entre una filosofía realista y otra idealista. La primera surge de las percepciones del experimento y de la experiencia y la otra tiene como punto de partida la independencia del pensamiento. Cuando la filosofía penetra simultáneamente en el mundo material y en la conciencia de sí real del hombre, comienza la filosofía moderna.

La filosofía idealista considera, de acuerdo con el Antiguo Testamento, por ejemplo, que la ley venía de Dios, era la fuente del derecho público, Ahora se busca la fuente del derecho en el hombre mismo y en la historia, que debe regir como derecho, tanto en la paz como en la guerra.

“Cuando la filosofía penetra simultáneamente en el mundo material y en la conciencia de sí real del hombre, comienza la filosofía moderna.”

El primer filósofo moderno sería Francis Bacon. Este abandona lo situado en el más allá que hasta entonces determinaba el pensamiento de los europeos y se convierte en el “caudillo” de toda la filosofía de su época, cuyo centro es la observación de la naturaleza exterior y espiritual del hombre, incluyendo sus inclinaciones, apetitos y también determinaciones racionales y jurídicas. Se aparta de la filosofía escolástica, reflexionando sobre lo temporal y lo finito.

Bacon nació en Londres en 1561. Perteneció a una familia aristocrática. Su padre fue Gran Lord del Sello Privado de la reina Isabel. Su primera obra, escrita a los 19 años, fue sobre el estado de Europa. Nombrado Gran Canciller de Inglaterra y Varón de Verulam. Casó con una mujer muy rica, sin embargo, malgastó  la fortuna. Fue encarcelado en la Torre de Londres y excluido de la lista de sus pares. Murió en 1626.

“El nombre de Bacon es ensalzado siempre como el pensador que descubrió en la experiencia la verdadera fuente del conocimiento” (Hegel). A esta conclusión contribuyó su enorme experiencia en el manejo de la realidad, en el conocimiento de los hombres y sus relaciones. En opinión de Hegel su obra está llena de observaciones interesantes y valiosas, pero resulta pobre en la argumentación. Opinión que no compartimos pues la lectura de su libro Novum organon nos permite reconocer en él una mente brillante y profunda, que abría una nueva época de la filosofía. Es el primero que comprende la necesidad de  que las ciencias cuenten con un “método”, es decir, reglas  y principios generales para proceder en la filosofía de la experiencia. El objetivo es  conocer el universo sensible y el lugar del hombre en él. Bacon inicia la escuela empirista que tanta importancia tendrá en la filosofía de Inglaterra. No se trata solo de percibir lo particular sino de descubrir las leyes de los objetos, lo general, que permita encontrar el concepto, o sea, teorizar la experiencia.

El desarrollo de las ciencias de la experiencia fue decisivo para avanzar más allá de donde habían llegado los antiguos. Sobre sus postulados, sus nuevos métodos, se construyó una sociedad moderna.  Bacon inició una enciclopedia sistemática de las ciencias, en lo que hasta entonces nadie había pensado. Las clasifica con arreglo a tres facultades: de la memoria, de la fantasía y de la razón. Lo fundamental de su obra, dice Hegel, es la crítica, la derrota de los conceptos escolásticos-aristotélicos.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

En Dublín


El primer libro que escribió James Joyce fue Dublineses, entre 1904 y 1907. A la ciudad y a sus habitantes los vemos vivir en la bisagra de los dos siglos. Son 15 relatos cortos, traducidos al español por el escritor cubano Guillermo Cabrera-Infante. Es la imagen profunda de una gran ciudad, en medio del atraso de la periferia campesina, la Irlanda conservadora y religiosa, pegada a sus tradiciones, fanáticamente creyente en un Cristo dividido en dos brazos enemigos, católico el uno, y protestante, el otro, cuyas manos están heridas por la sangre del odio mutuo. Como se afirma en la contra-carátula, el relato “apunta al hecho de que también el arte transforma el pan de la  cotidianidad en vida duradera y extrae de la trivialidad ordinaria la esencia verdadera de las cosas” y de los individuos.

Casualmente la novela reciente del último Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, El sueño del Celta (Alfaguara. Bogotá. Colombia. 2010), toma sus raíces de Irlanda y sintetiza en su personaje Roger Casement, las virtudes de ese pueblo de sentimientos e ideas tan acendradas.

“Estas lealtades y sufrimientos enlazan la obra de Joyce con los sueños del celta, dispuesto éste a sacrificar su carrera diplomática, su futuro, su vida misma por la independencia de Irlanda...”

El contraste entre las dos obras, escritas con 100 años de diferencia, es enorme. Tranquila y serena (por lo menos en apariencia), la primera, torturada y violenta, la segunda, con episodios históricos sucedidos en tiempos paralelos, contados con la  energía proverbial de la prosa del escritor peruano.

ARABIA. “Su imagen me acompañaba hasta los sitios más hostiles al amor. Cuando mi tía iba al mercado los sábados por la tarde yo tenía que ir con ella para ayudarla a cargar los mandados. Caminábamos por calles bulliciosas hostigados por borrachos y baratilleros […] por momentos su nombre venía a mis labios en extrañas plegarias y súplicas que ni yo mismo entendía. No sabía si llegaría o no a hablarle y si le hablaba, cómo le iba a comunicar mi confusa  adoración. Pero mi cuerpo era un arpa y sus palabras y sus gestos eran como dedos que recorrieran mis cuerdas”.

EVELINE. “Sentada a la ventana vio como la noche invadía la avenida. Reclinó la cabeza en la cortina y su nariz se llenó de olor a cretona polvorienta. Se sentía cansada.”

 Su padre llegó a perseguirla por el yermo esgrimiendo un bastón. Poco después murió su madre . Ahora ella también quería abandonar el hogar paterno. Se iría lejos como los demás jóvenes. ¿Sería un decisión inteligente? Por qué cambiar su casa donde tenía casa y comida. ¿Qué dirían en la tienda cuando supieran que se había fugado con el novio? Luego ella, Eveline, se casaría. No iba a dejarse tratar como su madre. Ya tenía casi 20 años y a veces se sentía amenazada por la violencia de su padre. Frank era marinero y pronto embarcarían para Buenos Aires donde le había puesto una casa. El era bueno, varonil, campechano, seguramente un buen esposo. Llegaron al muelle.

“Una campanada sonó en su corazón. Sintió su mano coger la suya. Ven! Todos los mares del mundo se agitaron en su seno. El tiraba de ella. Se agarró con las dos manos a la barandilla de hierro. Ven! No! No! No! Imposible.  Dio un gran grito de angustia hacia el mar. Eveline! Se apresuró a pasar la berrera, diciéndole a ella que lo siguiera. Le gritaron  que avanzara, pero él seguía llamándola. Se enfrentó a él con cara lívida, pasiva, como un animal indefenso. Sus ojos no tuvieron para él ni un vestigio de amor o de adiós o de reconocimiento”.

Este es el tono de los relatos de Joyce, algunos de ellos verdaderos pequeños cuentos, bellamente escritos, llenos de ternura y de melancolía, tristes como sus vidas dublinesas. Llenos de detalles  que iluminan la ciudad, sus calles, el río, sus hogares, sus tabernas, los trenes, los  coches de caballos. La descripción del carácter del irlandés, es magistral, sobre todo de sus pequeños grandes conflictos, productos de una larga historia accidentada, victimas del alcohol, de fanatismos religiosos y políticos, del nacionalismo, de amigos y enemigos del Papa, de los ingleses, del imperio británico.

Estas lealtades y sufrimientos enlazan la obra de Joyce con los sueños del celta, dispuesto éste a sacrificar su carrera diplomática, su futuro, su vida misma por la independencia de Irlanda y para  denunciar los horrores del colonialismo, cuyos tentáculos llegan hasta la selva amazónica colombiana.


lunes, 15 de noviembre de 2010

Nuevo triunfo de Lula


“Llegar a Río de Janeiro es llegar a una ciudad coronada de luz. En la cumbre de Pan de Azúcar – la mirada topa embelesada con los edificios radiantes, las casitas de colores, las altas rocas, las bahías azules, los cielos transparentes – recordaba la opinión de amigos brasileños escuchada hace tiempo: Rio de Janeiro “es la cidade mais belo do mundo”.  Pero esta visión alucinante  fue posterior. En la noche de nuestra llegada tuvo lugar la mayor manifestación de la ciudad realizada durante la campaña electoral de 1989, en la larga Avenida Getulio Vargas. Fue en honor del candidato presidencial Lula da Silva. Desde el primer momento comprendimos que Río era de Lula”.

Lo anterior lo escribí en diciembre de 1989. El título de mi artículo es “En Brasil ¿un nuevo camino de la izquierda latinoamericana?”. Recogí este texto en mi libro: Protagonistas de nuestro tiempo. Universidad Autónoma de Colombia, página 180. 1995.

Esa vez Lula perdió la elección, ganó Collor de Melo, quien sería destituido por corrupto. Solo en su cuarta postulación triunfó. Hoy, ocho años después de ejercer el mando, con la admiración y el apoyo de más del 80% de la población, entrega a su sucesora, Dilma Rousseff, la candidata del Partido de los trabajadores (P.T.), la presidencia del Brasil, uno de los nuevos países gigantes, cuya opinión comienza a participar en las decisiones del mundo.

“La izquierda latinoamericana parece haber comprendido que no estamos en una época de luchas armadas, sino de desarrollo de lucha de masas, reivindicativas, pacíficas, políticas e ideológicas...”

La victoria de Lula en 1992 no fue un acto de gracia. Había ganado prestigio en la lucha de la resistencia a las dictaduras militares; organizado el P.T., encabezado por el sindicato de los metalúrgicos al cual pertenecía el obrero Lula. Se había aprobado una nueva Constitución, la más democrática de Suramérica. Los partidos tradicionales habían desaparecido de la escena política castigados por su complicidad con las dictaduras; surgido partidos nuevos de la burguesía democrática, como el PSDB, cuyo candidato, José Serra, fue derrotado en las elecciones del 31 de octubre pasado. Y lo decisivo, la izquierda encabezada por el P.T. se convirtió en la más importante fuerza política del país, que recuperó para América del Sur el hilo perdido de la revolución democrática iniciada en Chile por el movimiento de la Unidad Popular.

Desde luego que el programa de Lula no era tan radical como el de Allende, pero tenía algunos rasgos comunes: alianzas de partidos de izquierda, varios de sus principales dirigentes son de orientación marxista,  su principal objetivo era suprimir la abismal pobreza del país. Y desde luego, grandes diferencias. El gobierno Lula continuó con la política económica de su antecesor,  de rasgos neoliberales, de estímulo a la empresa privada, al comercio exterior, a la par que se fortalecían las grandes empresas del Estado, aumento  importante del salario mínimo, asistencia para los más necesitados, etc. Sus resultados fueron excelentes, con el apoyo de  empresarios y técnicos conocedores de los secretos del capitalismo y también de organizaciones cristianas, lograron disminuir en cerca de 30 millones el número de pobres en solo 8 años.

La nueva presidenta, Dilma Rousselff, comparte plenamente las posiciones políticas de Lula y del P.T. Tiene un pasado de luchas, fue encarcelada y  torturada por  la policía del régimen militar neo-fascista, perteneció a un movimiento guerrillero clandestino. A propósito, están de moda los presidentes de origen guerrillero en América Latina: en Nicaragua, El Salvador, en Cuba, en Uruguay, en Venezuela, un ex-golpista y para matizar, un ex-obispo católico, en Paraguay. Es también  el tiempo de las mujeres al  poder. ¡Bienvenidas!

La izquierda latinoamericana parece haber comprendido que no estamos en una época de luchas armadas, sino de desarrollo de lucha de masas, reivindicativas, pacíficas, políticas e ideológicas, de acuerdo con la Constitución, en la búsqueda de reformas estructurales, que debiliten a la derecha y fortalezca los movimientos populares.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Reforma y Modernidad (XV)


La religión cristiana jugó un rol contradictorio en el paso a la modernidad. Por un lado, tendió a frenarla al imponer sus  verdades absolutas, por el otro, gracias a la Reforma Protestante, la impulsó hacia horizontes de libertad intelectual y de conciencia. Hegel no vacila en calificar a la Reforma de revolución del espíritu que conduce al hombre a reconciliarse consigo mismo. (Lecciones de Historia de la filosofía FCE. 1955).

La intensa religiosidad medieval había apartado, en cierta medida, al hombre de la tierra y de los cuerpos y, paradójicamente, de las virtudes humanas y de la moralidad, en lo que estas conciernen a la convivencia humana y a la propia conciencia. La Iglesia comienza a considerar el matrimonio como institución respetable y a restarle importancia al ascetismo y al celibato; la pobreza que permitía vivir de las limosnas ya no es vista como una virtud, sino más bien su contraria, la riqueza. Va ganando importancia el trabajo honrado y la satisfacción de su producido. El voto de obediencia, que resultaba opresivo, comienza a convertirse en su contrario, en conciencia de libertad, pero todavía no como un derecho, sino como un don de Dios. Conformase así una tríada: el comienzo de la libertad intelectual, el matrimonio y la posesión de los bienes materiales, que contribuirá al desarrollo económico y social.

Cada día resulta más claro que la santificación del hombre depende de su conducta y de sus obras, sin recurrir a la mediación del sacerdote, como hasta entonces. La distancia entre el creyente y el aparato jerárquico de la Iglesia se amplía, poniéndose el énfasis en que el espíritu divino  debe morar en el corazón del hombre y no en su exterioridad, lo que lo acerca más a Dios. La idea plena de la libertad surgirá después con el desarrollo del pensamiento pensante y del saber del hombre. Este gana a la vez seguridad en lo que hace y “encuentra alegría en sus obras, considerándolas como algo lícito y legítimo”. Abriéndose a la subjetividad, al reconocimiento de que posee una voluntad que le permite hacer lo uno o lo otro.  Sus fines subjetivos los somete “al foro de la razón”. El arte y la industria dejan de ser algo pecaminoso ajeno a Dios y se torna en una actividad tolerada y luego aceptada como justa y legítima.

“Es de Lutero de quien arranca el movimiento de la libertad del espíritu en su propia medula y revistiendo además la forma de un movimiento que se  mantiene dentro de esa medula” (Hegel, T. III p.192). La Reforma Protestante produce un fuerte enfrentamiento en el interior del cristianismo: entre una corriente rebelde surgida en Alemania, comandada por un cura de base, Martín Lutero y la poderosa  jerarquía vaticana, presidida por el Papa romano.

La tremenda sacudida plantea una nueva relación “entre el hombre y la vida divina existente sobre la tierra, que se manifiesta bajo la forma de la corrupción de la Iglesia y de la temporalización de lo eterno mediante los impulsos sensuales del hombre”. (Hegel). En otras palabras, el filósofo germano observa que esta lucha religiosa fratricida obliga al hombre europeo a buscar  la superación de dos mundos hasta ahora separados, el abstracto de la divinidad y el terrenal, escenario de la vida humana. La nave de la Iglesia Católica choca con el escollo de una realidad que se plantea “bajo una forma tan corrompida que el buen sentido del hombre tenía necesariamente que sublevarse y rebelarse contra ello”. Si bien la Reforma ocasionó la escisión en el seno de la Iglesia cristiana, también el esfuerzo opuesto por cambiar lo corrupto, para mantenerse dentro de sus principios tutelares.  

El planteamiento de Hegel se anticipa al pensamiento filosófico futuro: los acontecimientos, los eventos, en que los humanos son los autores, pueden modificar las concepciones del mundo y la historia universal, incluso en asuntos aparentemente ajenos a sus poderes, como el religioso, por ejemplo.
La Reforma luterana acentuó el elemento subjetivo, no reconoce la autoridad de los Padres de la Iglesia ni la de Aristóteles, tampoco la filosofía y el rigor de la teología, en una palabra, a la Escolástica. El criterio de la verdad es el modo como se proyecta en mi corazón, “es mi corazón quien tiene  que  decirme si lo que tengo por verdad es realmente la verdad”.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Dublineses

  
James Joyce fue un escritor emblemático del siglo XX. Su novela Ulysses se considera una de las mejores del género. ¿Qué escritor no se ha referido a ella, a ese 16 de junio, el día en que transcurre ese grueso volumen en la mente de Leopold Bloom, en la ciudad de Dublín, capital de Irlanda y por ello, en ese momento, capital de Europa?

Pues bien, el escritor español Enrique Villa-Matas (1948), acaba de publicar su novela Dublinesca (Seis Barral, biblioteca breve, Barcelona. 2010). Se trata, desde luego, de un homenaje a Joyce, además de otros homenajes: a los escritores que fueron importantes, pero han perdido la inspiración literaria y sobre todo, al Libro, que está en vísperas de morir, a ese objeto sagrado que ha conservado la memoria del mundo.

Samuel Riba es un editor fracasado que ama su oficio con el alma. Como todo amor desgraciado, le produce ansiedad, algo de alegría y temores. Múltiples temores. El más grave, que su vida de editor se agota sin encontrar el escritor genial que haga recordar su firma más allá de su propia  existencia y la de los libros cuya muerte se acerca; reemplazados por los digitales en la imagen fugaz de una pantalla, donde los signos ortográficos se mezclan con la luz. Productos de un computador dominado por el dedo del cerebro humano.

“¿Hay mayor placer que el que ofrece la literatura? Dublinescas es un réquiem por el papel impreso, por la desaparición de autores que han dedicado sus vidas a compartir con otros sus emociones...”

En una noche de lluvia y quizá con algo de insomnio, Riba sueña con ir a Dublín, presiente que allí lo esperan para asistir en la catedral, a un réquiem por la cultura de la era de Gutenberg y por sí mismo y su bancarrota económica. Mas sigue orgulloso de haber transformando los originales en millares de libros, dispensadores de conocimientos y placeres ¿ Hay mayor placer que el que ofrece la literatura? Dublinescas es un réquiem por el papel impreso, por la desaparición de autores que han dedicado sus vidas a compartir con otros sus emociones; por  todo lo maravilloso que aportaron y que puede  desaparecer en el futuro, al naufragar los parágrafos y las letras en un mar de silencio.

Riba lamenta la tragedia que se avecina, también porque ha sido un lector empedernido, para quien los días y las noches no dan abasto a sus ansias de leerlo todo. Ahora pasa 6, 10, 12 horas seguidas sentado sobre un computador, (los españoles lo llaman el ordenador) leyendo artículos no buscados, jugando o descubriendo los secretos del resto del mundo que se asoman en las planas luminosas. Celia, su mujer, le ha dicho que quienes utilizan a menudo y por largos períodos el computador “van perdiendo la capacidad de hacer lecturas literarias a fondo”. Es decir, lo peor que podría ocurrirle, pues él no puede concebir su existencia sin el impulso y la visión que aporta lo literario.

Riba comprende a cabalidad la enorme tensión que existe entre la persona y la máquina que piensa, cómo esta avanza cada día hasta conducir al hombre a la soledad compartida. Pero no duda en utilizarla para contestar de manera anónima, la menor crítica de un bloguero o de un periodista, a alguno de los libros de su catálogo.

Una consecuencia de su derrota empresarial es la disminución de las invitaciones a reuniones sociales y culturales, que le permitían departir con los escritores consagrados y con  las promesas en flor, a diferencia de las épocas de prosperidad,  cuando publicaba nuevos títulos y en grandes tirajes. Las circunstancias lo llevan a sentirse más cercano a su pequeña familia: su esposa Celia y sus padres ancianos a quienes visita siempre todos los miércoles y de vez en cuando a un viejo amigo.

Barcelona sigue gustándole aunque quisiera vivir en Nueva York, para él el centro del mundo. Menos mal que las películas lo apasionan, porque le muestran con claridad la complejidad de la vida moderna y le permiten escuchar el mensaje secreto de los grandes directores de cine. Enrique Villa-Matas recuerda  unos versos de la poetisa uruguaya Idea Vilarino que, a pesar de su laconismo, expresan los instantes más importantes  de su vida:

                                      “Fue un momento
                                       Un momento
                                       En el centro del mundo”.

martes, 5 de octubre de 2010

El Corán


Asombra saber que después del cristianismo, el Islam es la mayor comunidad religiosa de Europa. Desde luego se trata de un continente que se seculariza cada día más, disminuyendo el número de creyentes. Si la tendencia continúa, las manifestaciones que se reúnen en la plaza de San Pedro en Roma para aclamar al Papa se  irán reduciendo. El 5% de los residentes en Europa son musulmanes, más de tres millones en Francia, tres millones en Inglaterra, en Alemania, y en los pueblos de la antigua Yugoslavia y Albania. La mayoría de los emigrantes vienen de países árabes. No siempre son bien recibidos, pues los consideran de una etnia y cultura ajena. Para muchos europeos, luego del retroceso del comunismo, el Islam es el principal enemigo porque pone en peligro sus propias  creencias religiosas y algo semejante ocurre en los Estados Unidos de América.

El Corán es el libro sagrado del islamismo, el tesoro de su  religiosidad, las páginas que conservan los  sentimientos e ideales de su raza y de su historia. Atentar contra sus páginas, condenar o ridiculizar sus pensamientos, equivale a golpear el interior de sus seguidores. Como dice el teólogo católico Hans Khün, es un libro vivo que sostiene y regula la vida de sus creyentes. Cinco veces al día, por lo menos, se postran ante su Dios (Alá), dirigiendo sus cabezas en dirección a La Meca, para  implorar su misericordia. El Corán, como el Antiguo Testamento, combinan la caridad y el castigo, la ira y la bondad, los sufrimientos del cuerpo con la espiritualidad.

“Atentar contra sus páginas, condenar o ridiculizar sus pensamientos, equivale a golpear el interior de sus seguidores.”

Todos los libros sagrados son leídos y meditados, pero ninguno como el Corán debe ser continuamente relatado en “voz alta”, como testimonio público de fidelidad al profeta Mahoma, que no es Dios, sino el mensajero de ese Dios que existe en  los cielos para regocijo de las almas. Una religión que no necesita de imágenes que adornen los templos. Cuando el fanatismo está ausente, algunos musulmanes suelen llevar a Iglesias católicas, flores, cirios e incienso en honor de Jesús y de María, ya que desempeñan un importante papel en el Corán. No olvidan que son dos religiones hijas de Abraham y del desierto.

Sin embargo, el enfrentamiento entre cristianos, judios y mahometanos es cada vez más enconado y violento, hasta el punto de que esas religiones que proclaman la paz, hoy son de guerra, trocando el amor y la solidaridad por el odio y la batalla y pueden en un futuro inmediato, a través de Irán, Israel o los E.E.U.U. lanzar bombas atómicas. Gobernantes estadounidenses y europeos, antes y después del atentado a las torres gemelas de Nueva York  en el año 2001, perpetrado por unos fanáticos musulmanes, descubrieron “el eje del mal”, encabezado por  países árabes.

El universo árabe e islamita se ha convulsionado en las últimas décadas. Países de una larga tradición feudal, como Argelia, Egipto, Palestina, Irán, Afganistán, Irak, Sudán, Somalia, Bosnia, han tenido revoluciones desestabilizadoras, con multitudes encendidas por la fe en el Profeta, apelando incluso a la revuelta y a la lucha contra el imperio extranjero. Son pueblos que temen por su cultura,  que sea destruida por el aplastante poderío militar y económico de las potencias que codician sus riquezas en petróleo y gas, tan  necesarias para la conquista del mundo y sus mercados. Disfrazan sus ambiciones territoriales con la defensa de  la democracia universal, sin tener en cuenta que esta no puede ser igual para todos los pueblos, sino que sus instituciones deben estar de acuerdo con sus  tradiciones e idiosincrasia. Sin duda son países que requieren cambios estructurales en sus sistemas económicos y avances hacia la igualdad de los sexos, el respeto a la persona humana, amigos y enemigos, y a la disminución de la desigualdad social, pero no pueden ser impuestos a la fuerza por sus adversarios, sino con la cooperación y participación de sus ciudadanos. Los desarrollos de la tecnología y de la ciencia de que han dado pruebas en los últimos años, demuestran que marchan por ese camino. Eran países cerrados al mundo  exterior, al comercio internacional y a los intercambios culturales. La visita de sus gobernantes a América Latina, África y Asia, fortalecen sus posiciones en el ámbito mundial. Medidas que  contrarrestan la llamada “guerra entre culturas”,  y propician el entendimiento entre los pueblos. 

martes, 21 de septiembre de 2010

Consumir es vivir


Para el sociólogo francés Gilles Lipovetsky (París l944), quien visitó a Bogotá en la reciente 23 Feria del libro (agosto de 2010), la característica principal de la sociedad de la segunda mitad del siglo XX, es la de haberse convertido en una sociedad de consumo. Desde luego que él está pensando en las sociedades del capitalismo moderno, es decir, neoliberal. Evidentemente, después de 1945 se inició un desarrollo económico acelerado en casi todo el mundo y en especial en Europa y América del Norte. Fue favorecido por la necesidad de llenar los huecos dejados por la segunda Gran Guerra.

Simultáneamente surgían nuevas corrientes ideológicas y políticas, en su mayoría de izquierdas, alentadas por la derrota del nazismo y el triunfo de la Unión Soviética. Sin embargo, algunos intelectuales franceses no compartían esta admiración por los partidos obreros y por el marxismo, entre ellos, Lipovetsky. El auge capitalista de los años 70 y 80 mostraban un futuro promisorio donde muchos tendrían para comprar y regalar los millares de artículos que se ofrecían al mercado y que proporcionaban confort y placer. Al mismo tiempo las democracias liberales se extendían y consolidaban, lo que significaba mayor libertad para todos. También puestos de trabajo y salarios altos, de acuerdo con los postulados de los Estados-benefactores, que en buena parte dirigían los partidos socialdemócratas europeos.

"La sociedad neocapitalista parecía asegurar un futuro placentero y tranquilo, que había rebasado la frontera de la modernidad. Pero  conjuntamente con el consumismo se acentuó el individualismo, el aislamiento..."

El  pesimismo, pues, ya no tenía campo en esta sociedad hipermoderna, entusiasmada por las facilidades de un consumo cada vez mayor, hasta el punto de adquirir un ritmo frenético. Ahora se trabajaba para vivir y poder consumir, surgiendo en los individuos casi una segunda naturaleza compradora. Los almacenes se multiplicaron, adquirieron nuevas formas como los de grandes superficies y en su interior o al lado, los lugares de diversión y entretenimiento. Se suponía que el “valle de lágrimas” había quedado atrás. Producto  este boom de un avance descomunal de la ciencia y la tecnología. Desde luego, que nuestro sociólogo reconoce las incomodidades que se derivan de esta nueva etapa del capitalismo, la ansiedad, el vacio e incluso el tedio en vastos sectores de la población, sobre todo de las clases altas.

La sociedad neocapitalista parecía asegurar un futuro placentero y tranquilo, que había rebasado la frontera de la modernidad. Pero  conjuntamente con el consumismo se acentuó el individualismo, el aislamiento, se debilitaron las organizaciones sociales, entre ellas, los partidos políticos, los sindicatos, creció la inconformidad, los pobres no se conformaron con su estado y en algunas países se amotinaron e insubordinaron, principalmente los inmigrantes, las víctimas del desempleo creciente, de la xenofobia y de la exclusión.

Los grandes relatos, las ideologías y utopías, incluyendo las religiones, perdieron su supremacía. El futuro dejó de ser una esperanza, un lugar de refugio, de bienestar y paz. Perdió su poder mítico, al igual que la fe en el progreso. En las grandes ciudades aparecieron, en  el centro o en la periferia, enclaves de familias ricas, defendidas por equipos de vigilancia privada y por contraste, barriadas paupérrimas  donde florecen las mafias, las violencias y el crimen. El aumento de los suicidios es considerable. Las instituciones, los gobiernos dejan mucho que desear:

“Dado que se prolongan las esperas democráticas de justicia y bienestar, en nuestra época prosperan el desasosiego y el desengaño, la decepción y la angustia”.

Gilles Lipovetsky reconoce hoy que sus pronósticos sobre una sociedad futura, mejor, no se han cumplido, que no se avanza hacia una sociedad posmoderna, capaz de superar la pobreza, las dificultades en el ejercicio de las libertades y de un firme mejoramiento en el nivel de vida de la mayoría de la población, sino que la actual es la radicalización de la sociedad moderna que  existe desde el siglo XVIII, posterior a las grandes revoluciones de Norteamérica y Francia. Desde luego  considera que no todo es negativo: la libertad del individuo es mayor, la prosperidad y la abundancia han aportado reflexión sobre el derroche, el despilfarro y el desamparo de los más débiles. Nunca como hoy ha habido la claridad y la convicción en la defensa de los derechos humanos. Y el fenómeno de la mundialización acrecienta los intereses comunes de las naciones y los pueblos. Una buena síntesis de su pensamiento es el libro La sociedad de la decepción. (Anagrama,Barcelona,2008).

martes, 7 de septiembre de 2010

¿Y el fin de la Historia?

      
El jueves 19 de agosto de 2010, en el auditorio de la Universidad  de Bogotá Jorge Tadeo Lozano, tuvimos la oportunidad de escuchar en vivo y en directo a Francis Fukuyama, uno de los pensadores  de los E.E.U.U. de América, quien se dio a conocer a la opinión pública mundial con un brillante y sugestivo libro El fin de la Historia y el último hombre . Fukuyama es hijo de inmigrantes japoneses, nacido en Chicago en 1952. Fue alumno de las universidades de Harvard y Yale . Es directivo de la corporación Rand, en Washington D.C.

Este libro tuvo su origen en un artículo que publicó Fukuyama en la revista The national interest, en el verano de 1989, año de enorme importancia en la historia mundial, cuando se estremecían los muros de Berlín y una nueva época se anunciaba. La pregunta sobre el final de la historia es una vieja pregunta. Si bien la ignoró el paganismo, sí la plantearon y con mucho énfasis, el judaísmo y el cristianismo. En la edad poscristiana (entendiendo ésta  la que se inicia en la modernidad), fue replanteada por Hegel y su discípulo, Carlos Marx, en el siglo XIX. En el XX lo hizo el filósofo francés, de origen ruso, Alexander Kojeve, a quien sigue de cerca el escritor estadounidense.

"Han pasado 18 años desde la publicación del libro que comentamos sin que se cumplan las promesas en él contenidas. Por el contrario, las sociedades modernas son cada día más insatisfactorias"

El libro de Fukuyama es de enorme interés, pues usando una información envidiable, retrata con agudeza esos años de profundos cambios, de derrumbe de los Estados comunistas y de extensión de las democracias liberales en amplios espacios del planeta. La obra completa fue publicada en 1992 y la pregunta sigue abierta. En la conferencia que escuchamos no hay retractación de la mencionada tesis, por ello podemos decir que para dicho autor, seguimos en el proceso final de la historia.

Ante todo debemos aclarar que para Fukuyama el fin no es la interrupción de los acontecimientos en las vidas de los hombres y de los pueblos, como puede ocurrirle a quien está en un cuarto donde se apaga la luz. Se refiere a que la historia llega a un estadio plenamente satisfactorio que no invita a “progresar” más, a superar la formación de la sociedad en que se encuentra, pues no resulta necesario ir más allá. Esa sociedad ideal es la del “capitalismo democrático”, que reúne la empresa privada y el régimen político demo-liberal, como lo muestran las grandes democracias occidentales, de las cuales los E.E.U.U. es el mejor ejemplo.

Fukuyama, como lo afirmó Hegel, cree que la historia sigue un camino, una dirección previsible. Que existe una filosofía de la historia. Para el autor norteamericano este desarrollo está impulsado por dos poderosas fuerzas, la lógica de la ciencia moderna y la lucha por el “reconocimiento”, o sea, por la libertad, igualdad y dignidad propios  y de los otros.

Han pasado 18 años desde la publicación del libro que comentamos sin que se cumplan las promesas en él contenidas. Por el contrario, las sociedades modernas son cada día más insatisfactorias, asediadas por múltiples problemas. Entre ellos, la de la crisis económica mundial y los desastres de la naturaleza provocados por desequilibrios en el medio ambiente que nos acercan a un colapso total de la vida terrestre. Y las sociedades liberales ven afectadas sus libertades y sus derechos y han resurgido las tiranías en diversos lugares del globo. A lo anterior agregamos la existencia de una crisis ideológica profunda que llega incluso a la incoherencia e incomprensión del carácter racional del ser humano. La ideología comunista que tuvo enorme fuerza en el siglo XX, según Fukiyama, se encuentra desacreditada, disminuyendo el peligro que puede significar la izquierda para las democracias liberales.

Tanto Hegel como  Marx, pues, consideraron que la evolución de las sociedades humanas no era infinita sino que terminaría “cuando la humanidad hubiera alcanzado una forma de sociedad que satisficiera sus anhelos más profundos y fundamentales”. Pero todo indica que ese futuro no está al alcance de la mano, sino que sigue siendo una promesa para el final de los tiempos.

domingo, 29 de agosto de 2010

De Mandela o del coraje


Richard  Stengel, redactor jefe de la revista Time, ha escrito una biografía de Nelson Mandela muy singular. (El legado de Nelson Mandela. Editorial Planeta. Colombia. 2010) No se trata de una historia lineal del gran líder africano, sino un retrato de su carácter y de sus pensamientos, después de permanecer 3 años a su lado. Se dirá que 3 años en una vida que se acerca al siglo, no es mucho. Pero es la vida de un hombre que permaneció muchos años en una prisión de alta seguridad y condenado al aislamiento, por dos razones, que en este caso es una sola: por ser negro y anhelar la  libertad de su pueblo por encima de todas las cosas.

El libro comienza con un breve prefacio escrito por Mandela en el cual aclara a los lectores un original y profundo concepto africano, Ubuntu: “Somos seres humanos  solo a través de la humanidad de otros”. Solamente en un continente donde el homínido se hizo hombre, pudo haberse concebido este poderoso y transformador pensamiento, que supera incluso a la paideia griega. Solo el ejercicio de nuestra vocación humana nos ha formado hombres, nos ha permitido llegar a la excelencia de las especies animales y así posibilitar el advenimiento  del espíritu  humano. Pero a diferencia de la concepción idealista, esta altura maravillosa la alcanzamos no por  milagro de un poder divino, sino de la interacción de los hombres entre sí, es decir, fruto del trabajo, portador de humanidad. Termina el texto de Mandela con una  invitación a los individuos y a los pueblos a ejercer el liderazgo para vencer los desafíos que aún tienen que encarar.


"Mandela es considerado un hombre de coraje, dispuesto a correr los peligros de una vida de lucha, o sea, un hombre valiente"

¿Quién es Mandela?  Eso lo sabemos, el mayor y más puro líder de Sudáfrica, el conductor de la lucha contra la oprobiosa política del apartheid, el vencedor del “poder blanco”, venido de allende del mar para humillar y explotar a la población negra nativa. ¿Pero, cómo es Mandela? Sus manos  un tanto marchitas, tienen la piel áspera tras décadas de trabajos forzados en las canteras, que un día también fueron las del primer comandante de la rama militar del Partido del Congreso Nacional Africano. Mide casi un metro noventa, tiene un hermoso  color caramelo, camina despacio, en cámara lenta, como si meditara, igualmente, con los pies.

¿Cómo lo trataron en la cárcel? Su biógrafo contesta: “Había pasado 27 años en prisión con carceleros que, durante la mayor parte de ese tiempo, le trataron de forma inhumana y con una despreocupada brutalidad que él daba por sentado. Antes de eso había sido perseguido por policías y soldados que veían en él a un terrorista al que había que detener a toda costa. Vivía en un país  en que la clase dirigente blanca ni le consideraba ni le trataba como a un verdadero ser humano”. Para evitar tentaciones libertarias de sus amigos y copartidarios, lo encerraron en la isla de Robben.  En 1992, tres años después de haber salido de la cárcel, Sudáfrica estaba al borde de la guerra civil. La serenidad, la sabiduría del líder, contribuyó decisivamente a detener el peligro. “Su presencia es radiante, luminosa, te sientes un poco más alto, un poco mejor”, anota el periodista norteamericano. “Cuando  me marché de su lado, terminado ya el libro, fue como si el sol saliera de mi vida”.

Mandela es considerado un hombre de coraje, dispuesto a correr los peligros de una vida de lucha, o sea, un hombre valiente. Pero él confiesa que no es valiente, que a veces siente miedo, por ejemplo, cuando en el pequeño avión en que volaba se para una de sus dos hélices, o cuando un carcelero lo amenazaba romperle los huesos  o cuando, para acceder a la edad de la hombría, a los 16 años, debe enfrentar la ceremonia pública de la “circuncisión”. Entonces, el coraje consiste en vencer el miedo, en caminar con la cabeza en alto, con dignidad,  optimismo y esperanza.  Es una actitud de todos los días. Recuerda los versos de Shakespeare: “Los cobardes mueren muchas veces antes de morir. / Los valientes prueban la muerte una sola vez”.

Mandela no gusta parecer un gran orador, prefiere las palabras tranquilas, a las grandilocuentes.  En un momento trágico y peligroso para la paz, cuando el segundo jefe del partido, Chis Hani fue asesinado, Nelson (nombre inglés que le puso su maestra de escuela) , tomó el micrófono y se dirigió a la nación, dijo: “Utilicemos nuestro dolor, nuestra pena y  nuestra rabia para seguir adelante hacia la única solución duradera para nuestro país, un gobierno del pueblo, elegido por el pueblo y para el pueblo.” Así Mandela se convirtió en el líder de los sudafricanos blancos y negros.

lunes, 9 de agosto de 2010

El ascenso a la modernidad (XIV)



Si convirtiéramos en imágenes geográficas la historia de la filosofía hasta  ahora señaladas, diríamos: en un comienzo estaban las ideas  en el fondo del mar del archipiélago jónico, donde se balbuceaban los pensamientos germinales sobre los cuales se edificaría el imponente edificio de la filosofía universal; luego, las playas iluminadas de las ciudades griegas, romanas, alejandrinas; la meseta casi infinita de la Edad Media, en cuyas catedrales y conventos se escuchaban los coros de los monjes. Ahora iniciamos el ascenso a la Modernidad donde encontraremos una cordillera de cumbres filosóficas como Descartes, Spinoza, Kant, Hegel, Marx, Nietzsche, Heidegger.

El balance que hace Hegel del escolasticismo, como yo lo habíamos anotado, es negativo: “Visto en su conjunto, es una bárbara filosofía del entendimiento sin ningún contenido real, una filosofía que no suscita en nosotros ningún interés verdadero y a la que, desde luego, no podemos retornar”.

“El primer y mayor descubrimiento de los europeos, en un  comienzo de los italianos, fue el  mundo griego, su literatura, su filosofía, su música, su escultura, su espléndida arquitectura, que desde la cumbre del Partenón todavía estimula nuestra imaginación.”

Sin embargo, la Escolástica ha sido el cuerpo de doctrina más sólido y prolongado del pensamiento. Nació en Europa. Vivió mil años y se extendió a varios continentes, haciendo parte de los ejércitos de los países coloniales. Tal ocurrió con América Latina, cuando capitanes y sacerdotes españoles y portugueses lo implantaron en el Nuevo Mundo. En Colombia comenzó con el descubrimiento y la conquista en el siglo XV. Se prolongó durante la primera centuria de nuestra vida independiente. Se exponía en los seminarios, universidades, púlpitos, en la prensa y en la escasa producción editorial. El partido conservador –  religión y política siempre van unidos, aunque, desde luego, no son lo mismo – convirtió el neo-tomismo, prolongación de la Escolástica, en el centro de su ideario político y religioso.

Poco a poco las ideas de la Ilustración, del liberalismo económico, un fuerte anticlericalismo y  un ateísmo moderado, se fueron abriendo campo en nuestro país, sobre todo en su intelectualidad. Solo hasta la segunda década del siglo XX aparecieron las ideas marxistas y los primeros grupos y partidos obreros y revolucionarios. Aunque todos los anteriores  eran síntomas de la modernidad, ésta no se ha logrado plenamente. La Escolástica, sigue pesando sobre  nuestra concepción del mundo, metafísica y dogmática.

El pleno ejercicio de la modernidad exige el predominio de las ideas transformadoras, impulsadas por los descubrimientos de la ciencia y de la filosofía. El tránsito del medioevo a la modernidad ocasionó cambios y estremecimientos en la cultura europea. Se inicia una etapa de profundas dudas en lo que se había creído hasta entonces y enorme confusión de ideas y sentimientos. Una nueva mentalidad y otra sensibilidad aparecen. El ojo cambia la dirección  de su mirada. De la contemplación del cielo a la búsqueda de la tierra, a una especie de escrutinio del universo, su conformación, sus metales, sus elementos, sus fuerzas naturales. Y lo más importante, la escogencia de los fines terrenales del hombre.

Con la aparición de la producción de mercancías destinadas al comercio se comenzó a romper el feudalismo y  desde luego, la sociedad feudal. Fueron apareciendo nuevas clases sociales, obreros, burgueses, capas medias, con intereses y concepciones diferentes. Germinaron nuevas ideas y sistemas filosóficos. Pero la transformación más profunda y decisiva de la nueva época, ocurre  cuando “el espíritu se recobra a sí mismo y se eleva al postulado de encontrarse y saberse como conciencia de sí real tanto en el mundo suprasensible como en la naturaleza inmediata” (Hegel). Tal salto dialéctico en el espíritu humano trae como consecuencia el “renacimiento”  de las artes y las ciencias de la antigüedad. Este aparente retroceso, el de interesarse de nuevo en la cultura pagana, conduce al hombre a ocuparse de sí mismo, a distanciarse en cierta medida de la naturaleza y de la divinidad y a profundizar en su mundo interior, en su conciencia. El hombre se convierte en el centro de la reflexión del hombre. Aquí se inicia la contraposición entre el entendimiento y la doctrina eclesiástica o de la fe. Es decir, penetramos en otro mundo de enorme riqueza y belleza, el del humanismo.

El primer y mayor descubrimiento de los europeos, en un  comienzo de los italianos, fue el  mundo griego, su literatura, su filosofía, su música, su escultura, su espléndida arquitectura, que desde la cumbre del Partenón todavía estimula nuestra imaginación. Y de uno de los más deliciosos manjares que  desde hace  dos mil quinientos años todavía saboreamos: los diálogos de Platón.