lunes, 27 de abril de 2009

El siglo de Pericles (VI)

Por: José Arizala

  Los griegos antiguos fueron dos veces grandes, construyeron una sociedad envidiable, que nos invita a ser imitada y lo  hicieron sin tener un ejemplo conocido al cual seguir, como lo dijo el historiador Meier:” Los griegos no tenían griegos a los que emular”. No nos referimos a sus adelantos materiales, ciudades, templos, puertos, murallas, flotas marítimas, poderío militar, etc. Grecia es grande por las formas de vida de sus  pueblos: de Jonia, Macedonia, Ática, Esparta, Creta, Rodas, Sicilia y por el poder intelectual de sus filósofos, dramaturgos, grandes trágicos. Como lo anticipó Nietzsche, la tragedia creó a Grecia. En la hondura de su dolor encontraron la profundidad del espíritu del hombre. ¿Quién ha descrito mejor la condición humana que Sófocles?

   En el siglo V a.C. Grecia conoció la cúspide de su civilización. Y un hombre la interpretó cabalmente, Pericles, un político libre gobernante de hombres libres. Su gran acierto fue impulsar la democracia. Continuador de la obra que inició Efialtes, asesinado en el 461. Para los griegos la democracia no fue solo el kratos-demos, sino una manera de vivir, de actuar, de pensar, en cierto sentido era superior a la democracia contemporánea. No se trataba solo de votos, aunque sin este veredicto la democracia no existe, sino de la capacidad de participar cada ciudadano, con autonomía, con los otros, en la solución de los problemas del Estado. Una manera de convivir, de tratar al vecino, amigo o no, compatriota o extranjero, hombre o mujer, pobre o rico, estratega o simple combatiente de a pie, disciplinado en la falange que avanza al asedio de la ciudad enemiga o en las naves que despliegan sus velas en dirección a los imperios vecinos.

   Pericles nació en 495 a.C. y murió en 429 a.C. Supongo que al presidente Uribe Vélez se le hará la boca agua cuando sepa que Pericles fue reelegido como estratega 15 veces! No obstante Pericles que tanto contribuyó a la convivencia pacífica de los atenienses, participó de una política exterior belicista, expansionista, que comprometió a su pueblo en largas, costosas y sangrientas guerras, que a la postre llevaron a Atenas a la decadencia, después de un florecimiento económico y cultural sin precedentes. Entre los contemporáneos de Pericles podemos mencionar a Sócrates, Protágoras, Herodoto, Sófocles, Eurípedes, Fidias, entre otros.

   Durante su gobierno se tomaron medidas que ampliaron el poder de la ciudadanía. Cambió el Areópago al transferir sus poderes de control sobre los magistrados a la Asamblea, al Consejo de los 500 y a los tribunales populares, extendiendo la isonomía a los procedimientos judiciales; se le concedió más entidad a las leyes, tratados, convenios, convenciones en general, y valores ciudadanos, en una palabra, al nomos; se facilitó la elegibilidad de los ciudadanos más pobres y se instituyeron los mysthoi ( el pago de los jornales dejados de ganar por los más pobres al asistir a las sesiones de Asambleas y tribunales).Así nacieron las dietas parlamentarias.

  Aunque nos cueste aceptarlo, las guerras imperialistas impulsadas por el gobierno ateniense trajeron prosperidad material a amplios sectores populares. Fenómeno que se repetirá varias veces en la historia universal y que nos correspondió presenciarlo en el Siglo Imperial Norteamericano ( el s. XX).

   Gracias al historiador Tucídides conocemos la versión de uno de los discursos más famosos de la historia pronunciado por Pericles como Jefe de Estado en una ceremonia fúnebre. Esta publicado en su libro Historia de la guerra del Peloponeso, Alianza Editorial, 1989). Es un discurso de gran aliento en el cual elogia a los muertos de la guerra, sin mencionar nombres propios, como representantes del conjunto de la sociedad ateniense que se debe a sí misma ese reconocimiento por sus hazañas, valores e ideales. Se enorgullece de su Constitución que es modelo para otras ciudades, de su gobierno democrático. “Amamos la belleza con economía y amamos la sabiduría sin blandicie y usamos la riqueza más como ocasión de obrar que como prepotencia de palabra. Y el reconocer que se es pobre no es vergüenza para nadie.(…) Resumiendo, afirmo que la ciudad toda es Escuela de Grecia y parece que cada ciudadano entre nosotros podría procurarse en los más variados aspectos una vida completísima con la mayor flexibilidad y encanto”

    Finalmente diremos de Pericles que fue uno de los políticos atenienses más cercanos a la filosofía. Amigo de Zenón de Elea, de Protágoras de Abdera, de Anaxágoras. No consideraba una pérdida de tiempo dialogar un día entero con alguno de estos pensadores. Fue, también, gran amigo del músico Damón, con quién aprendió de la armonía y el ritmo. Platón dice de Pericles que Anaxágoras abasteció su mente de saber astronómico y que aquel “sacó de ello lo que le era útil para el arte del discurso”. Cómo buen orador Pericles tenía el don poetico: “La ciudad ha perdido a su juventud, es como si el año hubiese perdió su primavera”.

domingo, 5 de abril de 2009

La Carta

Por: José Arizala

    Colombia es un país muy de malas. Parece condenado vivir y morir en guerras civiles. Ni hablar de los vagones de muertos en los trenes de las numerosas guerras del siglo XIX, que reviven periódicamente como un incendio interminable. ¿Las causas? Tenemos una extrema derecha belicista, dispuesta a todo para defender lo que considera suyo, incluyendo privilegios e ideas caducas. Y también contamos con una extrema izquierda fácilmente conquistable como pareja en esa danza macabra.

   El vástago de una ilustre familia acaba de publicar en El Tiempo una carta que me dejó frío. A pesar de todo lo que nos ha tocado ver, oír y sentir en estos tiempos difíciles, me sorprendió. ¿Cómo es posible que a estas alturas se pueda hablar públicamente de liquidar al “enemigo”.? ¿Y cuál es el “enemigo”? La guerrilla, no solamente. Son todos los “revolucionarios”. Los que viven en Berlín, en Venezuela, en Colombia y supongo que también en los E.E.U.U. “Cayó el Muro de Berlín, pero los revolucionarios no murieron todos ese día. Por ahí andan torvos y resentidos, buscando la manera de reabrir los caminos de la revolución” Pues sí nuestro ilustre escritor tiene razón. Esto ocurre desde los tiempos de su padre y antes de este y seguirán existiendo aún después de que el hijo llegue al seno del Señor.

   Pero esa violencia tan feroz y tan larga que padecemos, que también se parece a la defensa ¿Cómo surgió? ¿Del discurso incoherente de unos “revolucionarios” o en un día salvaje y de odio, alentados por el demonio, en que comenzaron a disparar como locos?  Pero ese día de locura no terminó al siguiente, sino que lleva años, meses, décadas. ¿Porque ha durado tanto hasta convertirse en una violencia endémica?

   La mano que escribió la Carta muestra un racismo lamentable, un odio profundo a los negros, a los africanos, a los colombianos pobres. “La política de los “perfectos idiotas” sigue en vigencia…hasta lograr el ansiado propósito de crear el caos, de “africanizar” el continente. Tal pareciera que los estrambóticos turbantes de Piedad Córdoba nos están comunicando un mensaje al respecto… no puede negarse que la dama del turbante está logrando imponer el dominio de la barbarie. Está bien escogido el turbante” ¡Qué el Presidente Barack Obama no lea esta carta!

  “Creo necesario decir que la paz no puede considerarse como un objetivo. Es un resultado…” No es posible negociar la paz, hay que lograrla por medio de las armas, hasta lograr la destrucción de la guerrilla. Reconoce que algunos se oponen a seguir ese camino, el único deseable. “¡Hasta la jerarquía eclesiástica   ha caído en el juego!” “El acuerdo humanitario que nos quieren imponer es el más inhumano de los acuerdos”.

  El autor de la Carta, heredero de un pasado conservador y cristiano no ve otra solución que el exterminio de la guerrilla y de paso, de todos los revolucionarios. Se pronuncia contra la reelección de Uribe Vélez pero no explica las razones, después de hacer gran elogio de la política de “seguridad democrática” ¿Será porque el presidente Uribe saluda al presidente Hugo Chávez, también otro “africanizado”?

   Con estos criterios en la mente de los  políticos conservadores, uno de los partidos más importantes de Colombia, que ahora se prepara para asumir la totalidad del gobierno, tendríamos que concluir que la paz está lejana. De  la defensa de los principios democráticos de la Constitución del 91 no se habla por ninguna parte. Esperamos que el Directorio Nacional Conservador al que está dirigida la carta de Enrique Gómez H. no acoja estos planteamientos que enfrentaría a  ese partido con la opinión democrática del país y con el actual gobierno de los E.E.U.U.

martes, 17 de marzo de 2009

Camino a la sociedad civil (V)

Por: José Arizala

            La historia griega es el escenario en que aparece, comienza a desplegarse la democracia. Su territorio es la Hélade; el lugar privilegiado, la lengua entre el Monte Parnaso y la costa azulada del Mar Egeo. Tierra ondulada donde residen los atenienses que construyeron lentamente, por inspiración de sus dioses, la polys, la ciudad, es decir una comunidad que levantó simultáneamente sus casas y murallas y las primeras instituciones que resguardaron el orden de sus vidas.

  Su economía agraria se alimentaba sobre todo de los olivares y los viñedos. Estos destilaban en silencio, con la ayuda del sol, sus mieles: el líquido verde que adorna y tornea sus cuerpos, como si la vida fuera una olimpiada eterna y el néctar titileante, que enciende las estrellas del alma en la oscuridad de la noche y sostiene el resplandor de los días, plantas traídas del Oriente cercano y del otro lado del Mediterráneo, donde los Faraones construyen, también ciudades; en esta ocasión, piramidales, con amplias bases y agudos vértices, para las cuales  los trabajadores esclavos arrastran y navegan por el légamo y las aguas del río Nilo, las barcazas con las piedras de los monumentos que hoy, tres mil años después, contemplamos.

     La democracia griega fue creciendo, organizándose, impulsada por sus más notables políticos y a contrapelo de sus grandes filósofos. Ni Sócrates ni Platón ni Aristóteles, acariciaron la idea del poder popular; al contrario, lo asemejaban al gobierno de los demagogos, lo que obstruía su diseño de un estado ideal dirigido por los sabios Arcontes y encaminado a la realización de metas supremas.


"... en lugar de condenar o encarcelar a los poseídos por la hybris  que soñaban en convertirse en dictadores, se los expulsaría de Atenas por un término de 10 años."


   Esta no fue la visión de Solón, el gran reformador del Estado griego en el año 590 anterior a nuestra era. Su primera disposición fue la de apartar del gobierno a los políticos que padecían la hybris,  la soberbia, la locura, a aquellos que eran solo llamas, capaces de extenderlas a toda la ciudad, carentes de la ponderación  necesaria para lograr la estabilidad y la paz y, por consiguiente, de crear un ámbito propicio para la igualdad, la base intangible de la verdadera democracia. Otras de sus reformas fueron: no más cárcel por deudas pues el dinero no puede decidir sobre la libertad de un ciudadano ateniense; los cargos públicos no serían ejercidos solo por la clase aristocrática; podría apelarse al criterio popular para revocar las decisiones del gobernante; dividió la ciudad en cuatro categorías económicas, con el fin no de restringir sino de ampliar la base del gobierno y de sus decisiones; fortaleció el principio de constitución, de respeto a las instituciones sobre los individuos.

    Crístenes, en el 508 antes de nuestra era, se enfrentó por primera vez en la historia, a los aristócratas, con el apoyo del pueblo ateniense para exigir más democracia. Se inventó la institución del ostracismo, que si la miramos por el lado positivo, significó un avance, pues en lugar de condenar o encarcelar a los poseídos por la hybris  que soñaban en convertirse en dictadores, se los expulsaría de Atenas por un término de 10 años.

   La democracia griega fue conformándose y acercándose al ideal de isonomía, el de igualdad jurídica, pero también social, en medio de avances y retrocesos, de gobiernos tiránicos y guerras imperialistas, que finalmente la condujeron a la decadencia. Democracia imperfecta, desigual, ciertamente, donde eran excluidos las mujeres, los metecos, esclavos, extranjeros e incluso, en ocasiones, algunos opositores políticos y filósofos impíos, que constituían entre todos ellos la mayoría de la población. Sin embargo, democracia paradigmática  vista a distancia, inspiradora en los tiempos modernos de un gobierno del pueblo y para el pueblo.


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sábado, 28 de febrero de 2009

La Vuelta al Mundo

Por: José Arizala

  Julio Verne en su globo imaginario le dio la vuelta al mundo en 80 días. Carlos Darwin a bordo del Beagle en 5 años. Cuando regresa a Inglaterra, además de circunnavegar el planeta, ha transformado al mundo. Un nuevo hombre ha nacido, no creado directamente por Dios, sino por sus antepasados, los primates. Este descubrimiento cambiará por completo la concepción que hasta entonces primaba del hombre y de la humanidad.

  Físicamente el hombre sigue siendo igual, pero la idea sobre sí mismo será otra, más verdadera, más cercana a lo que en realidad “es”. Ni ángel ni demonio, simplemente el hombre, el homo sapiens, final de la escala zoológica.

  El barco partió el 27 de diciembre de l83l al mando del capitán Fitz Roy, del Almirantazgo británico. Fueron los años más fecundos de la vida de Darwin. Le proporcionaron el material científico con que escribiría sus libros sobre el origen de las especies y del hombre. Los marineros lo llamaban el philos, el filósofo. Había nacido en 1809, hace 200 años. Cuando inició su largo viaje contaba 22 años.

 La iniciativa de llevar un joven investigador de las ciencias naturales como miembro de la tripulación, fue del mismo capitán del Beagle, quien le prestó a Darwin toda la colaboración necesaria en sus investigaciones, incluso permitió que oficiales lo acompañaran por las islas, costas y continentes en las que atracaban, recogiendo muestras y observaciones sobre la tierra, la flora y la fauna. En una ocasión cabalgó 70 millas en el interior de la Patagonia. Por decisión temprana del capitán Roy un paraje del Estrecho del Beagle, lleva el nombre de Darwin. En el Pacífico arribó a las islas Galápagos, un paraíso de vida, que todavía hoy es posible apreciar frente a las costas del Ecuador, sobre todo por la variedad de pájaros y de las tortugas gigantes, cuyos caparazones las defienden de los depredadores y de la influencia del tiempo. En las islas oceánicas le llamó la atención los atolones de coral, sobre los cuales caminó con inmensa alegría. Desde luego que mucho se interesó sobre la diversidad de razas y de pueblos, lo que le permitió concluir en la unidad de la especie humana.


... Había hallado una actividad a la cual entregaría su vida entera. Atrás quedaba su pasajera intención juvenil de ser “un clérigo respetable y feliz”. Aunque logró ser respetable y feliz, sus altares fueron otros, los de la ciencia y a estos debe su eternidad.

  Desembarcó en Falmouth el 2 de octubre de 1836. El joven estudiante  era ahora el científico y naturalista Carlos Darwin. Había hallado una actividad a la cual entregaría su vida entera. Atrás quedaba su pasajera intención juvenil de ser “un clérigo respetable y feliz”. Aunque logró ser respetable y feliz, sus altares fueron otros, los de la ciencia y a estos debe su eternidad.

  Darwin pertenecía a una distinguida familia inglesa, de clase media acomodada, con numerosos parientes en el clero anglicano y también en el profesorado y sociedades científicas. Sus primeros intereses intelectuales fueron la geología y la botánica, que lo acompañaron hasta su muerte, a los 73 años. Fue muy rico, fruto de las dotes matrimoniales bien administradas y por haber vivido en un tiempo sin crisis económicas.

  Darwin contrajo matrimonio con una prima, que siempre temió por la suerte del alma del esposo (le había confesado en secreto sus verdaderos pensamientos). Una de las invitadas a la ceremonia era la hija de Thomas Robert Maltus, cuyas tesis sobre el crecimiento desmedido de la población influiría en sus teorías de la “selección natural”. Para Darwin las especies se transformaban, se producían mutaciones en los individuos que eran heredadas por sus descendientes, adaptándose al medio para sobrevivir, como lo demostraban sus estudios de los seres vivos y de los fósiles que las recuerdan: “la vida se adaptaba simplemente a los hábitats locales…Una especie desaparece porque las condiciones han cambiado demasiado rápidamente”. Pero Darwin iba más allá al plantear: “los animales, nuestros semejantes, se nos hermanan en la pena, el dolor, la enfermedad, la muerte y el sufrimiento… puede que participen en nuestro origen de un ancestro común, puede que todos estemos entrelazados”.

  La primera vez que Darwin vio un orangután fue en el zoológico de Londres el 28 de marzo de 1838. Le sorprendió “sus emociones casi humanas”, tanto como su semejanza física con los hombres. Ese día debió tener la intuición de que los hombres descendían del mono; también las implicaciones que eso significaba: “la evolución como una amenaza para la fe en la confianza humana en la vida futura y, con ello, para su control paternalista de la presente”, como en efecto lo diría la jerarquía de las iglesias anglicana y católica.

   “Obtuve (con la evolución) por fin una teoría a partir de la cual trabajar”, dice Darwin en su Autobiografía. Pronto dejó de creer en la revelación divina. Comprendió que “toda la estructura (creacionista) se tambalea y cae” Descubrimientos de esta envergadura no aparecen de la noche a la mañana sino que son el resultado de numerosos pequeños avances en el estudio de los animales y vegetales. Varios científicos de la época se acercaron a los hallazgos de Darwin, pero a él le correspondió la mayor gloria en reconocimiento a su dedicación y la profundidad de sus teorías científicas y conclusiones teóricas.

       La idea más influyente del siglo XIX fue la del tránsito, del cambio, de la evolución, lo que permitió avanzar considerablemente en una idea total del hombre. Su principal impulsor fue Hegel al recordar con mucho énfasis el concepto heracliteo del devenir, con la osadía de llevarlo al pensamiento. La  fenomenología del espíritu, no es otra cosa que la descripción del itinerario de la experiencia de la conciencia humana. Marx explicó las causas radicales de la dinámica social, porqué se suceden los estadios económico-sociales en la historia. Nietzsche descubrió el nihilismo, la desaparición de los valores antiguos y su sustitución por nuevos valores, nuevas verdades, cohesionadas por la “voluntad de poder”. Darwin aportó a mediados del siglo su teoría de la evolución de las especies y el surgimiento del homo sapiens, como descendiente de los monos. Luego vendrá Freud, quien transformó el alma inmortal en la psiquis, sana o enferma, moldeable, unida indisolublemente al cuerpo hasta el punto que la muerte de este acarrea también la de aquella. En el siglo XX, gracias a James Watson y Francis Crick, se logró la lectura del genoma humano, que permite desplegar el mapa secreto constitutivo del individuo y de la especie. Hoy este hombre “completo” se alista a iniciar una nueva era.

 (Este artículo tuvo como fuente el diccionario de Oxford University Press 2007. La entrada sobre Darwin fue publicada por la editorial Herder, España, 2008).


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martes, 17 de febrero de 2009

Una Carretera Desolada

Por: José Arizala

En la medida que avanzaba en  la lectura de este libro que describe las orillas de una carretera desolada e interminable, aumentaba mi perplejidad. Carmac  McCarthy, uno de los escritores estadounidenses más destacados de la actualidad, ganó con esta novela La carretera, el prestigioso premio Pulitzer de 2007. ¿Qué se propuso el autor con las apretadas 200 páginas? ¿Dar testimonio de su amor al padre a quien dedica el libro y exaltar los valores filiales, puestos a prueba en la desgracia continua o dejar una aseveración terrible de una sociedad que agoniza?

Algo espantoso ha sucedido, de lo cual no tendremos noticia a lo largo de esta novela. Como si la ira del Dios del antiguo testamento o una explosión atómica hubiera caído sobre una tierra muy parecida a los Estados Unidos de América. Los caminos, los puentes, los ríos, las montañas, las casas, las ciudades, yacen calcinadas, al igual que los seres humanos muertos o quemados por doquier. Incluso algunos que han permanecido vivos han alterado sus instintos hasta el extremo de retornar al canibalismo, o sea, caído al fondo de lo inhumano.

Padre e hijo, éste todavía niño, cuyos nombres ignoramos, sobreviven al cataclismo. Inician su deambular por esa carretera incierta buscando el mar, como si creyeran que la presencia augusta del oleaje interminable lavaría sus sufrimientos. El miedo es el sentimiento predominante en esas vidas truncadas, de principio a fin. No hay pausa ni quietud, solo el temor de ser alcanzados por los “malos” y perecer en sus fauces hambrientas. En ésa escapatoria se encuentran con paisajes que fueron bellos, las granjas, casas suntuosas, cabañas en las colinas, ciudades de altos edificios, gasolineras, etc. La mayoría de los hogares están ahora vacíos y solitarios, salvo las momias que fueron, quizá, un día felices y prósperos. Los supermercados sin gente pero llenos de toda clase de cosas, útiles e inútiles, bellas o grotescas, pantallas de televisión con películas inconclusas, libros y bibliotecas cuyos tomos se deshacen en la humedad y el silencio y búnkeres privados que acumulan y acaparan todo, lo bueno y lo malo, lo dulce y lo amargo.

            Presenciamos una de las escenas más macabras cuando encontramos en un asador el cuerpecito semiquemado de un niño al cual iban a devorar los malos, los hambrientos.


“El fuego, como en las tribus nómadas, propicia con su calor la conversación, el encuentro íntimo de las conciencias que permanecen, como las llamas, vivas y alertas, tratando de vencer la escarcha y el viento.”


            El frío intenso es otro de los personajes de esta triste historia y su contraparte, el fuego, que se alimenta de las ramas secas, de los escombros, al cual se aferra esta pareja errante. El fuego, como en las tribus nómadas, propicia con su calor la conversación, el encuentro íntimo de las conciencias que permanecen, como las llamas, vivas y alertas, tratando de vencer la escarcha y el viento. Pero, también, el otro fuego: “¿Dónde está? Yo no sé dónde está el fuego. Sí que lo sabes. Está en tu interior. Siempre ha estado allí. Yo lo veo”. Es el fuego que siembra el padre en el hijo, quien sufre y teme, pero aprende de aquél su reciedumbre, que el chico convierte en coraje ante la adversidad. En este caso como en la escena griega, triunfa el destino. Se cumple lo inexorable: “Durmió aquella noche apegado a su padre y lo abrazó (…) Se quedó allí sentado llorando mucho rato y luego se levantó y atravesó el bosque hasta la carretera. Cuando regresó se puso de rodillas al lado de su padre y cogió su fría mano y pronunció su nombre una y otra vez”. Y recordó cuando éste le dijo: “No te rindas nunca ¿vale?”.

            La partitura del idioma que utiliza McCarthy es corta, diríamos intencionadamente pobre, pero el virtuosismo de intérprete de que hace gala es sorprendente. ¿Cómo logra este escritor que sucedan las mismas cosas: el frío, el fuego, la lluvia permanente, el hambre, la angustia, la impotencia, el sueño como prólogo de la muerte, sin que podamos apartar esas páginas y lo que resulta más inverosímil aún, con iguales palabras, siguiendo el ritmo de las corrientes oscuras?

            La economía de palabras, el paisaje desolado, el silencio, el vacío, la inminente presencia de la muerte, recuerda a Pedro Páramo de Juan Rulfo y la tenacidad de padre e hijo, sus corajes indomables, a Hemingway, describiendo el tenaz combate entre el viejo marino y el mar.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Claude Lévi-Strauss

Por: José Arizala
    

  Cien años de vida no son pocos. No lo digo por el día tras otro en un siglo, sino por lo que Lévi-Strauss ha pensado en ese extenso lapso de tiempo. ¿Se imaginan ustedes? Pensar con la capacidad maravillosa de convertirlo en pensamiento, en teoría, sin la cual es imposible mirar el mundo Sin ella el mundo sería un montón de ramas secas sobre las cuales caería en cualquier momento el rayo encendido. Todo desaparecería para siempre. No quedarían testigos del quehacer de los hombres, de los animales, de las plantas ni de las cosas. Solo el silencio y la nada se posarían sobre la tierra desnuda.

 

Lévi-Strauss se lanzó al descubrimiento del mundo. La Amazonía, primero, fue durante algunos años su hogar y los indígenas de la selva y el agua sus compañeros o mejor, sus maestros, que le enseñaron los misterios de sus vidas a través de un lenguaje escaso y rico en imágenes, que contenía, sin embargo, lo indispensable para seguir viviendo. Encontró en sus relaciones y costumbres las estructuras humanas más profundas y sentidas. En sus excentricidades halló las constantes de la condición humana; que él también era otro con los otros, hasta el punto de decir: “Nunca más, en ninguna parte, volveré a sentirme en mi casa”. La antropología, la etnología que él fundó, se convirtió en la clave para el conocimiento del hombre y de su entorno.

 

  ¿Vale la pena hacer un viaje tan largo hasta el corazón virgen de la selva para entrevistar a unos hombres extraños y primitivos, por parte de un francés culto que camina todos los días por los elegantes bulevares de París? Se pregunta en sus memorias si tiene el compromiso de contarlo todo. ¿Cómo distinguirle al lector lo que es insignificante o decisivo que le permitió definir una ley del parentesco o el hallazgo de una relación entre amantes o conocidos? Sin duda nos sorprende porque está más allá del canon occidental en el cual hemos vivido y al cual nos hemos sometido.

 

   Un vasto océano los separaba. El mundo  europeo que había terminado la gran guerra, cedía su lugar a un continente  verde desconocido. La Francia burguesa  de una intensa cultura, a la sociedad feudal brasileña. El etnólogo de oficina no llega lejos. Tiene que descender al terreno, a la “tierra incógnita” , pero debe hacerlo con alegría. Lévi-Strauss afirma que  estudió las otras sociedades diferentes a la suya “ con  simpatía infinita y casi con ternura” No eran los suyos los ojos del conquistador o del colonialista, sino del científico desinteresado, pero sí apasionado por el destino humano.


... él también era otro con los otros, hasta el punto de decir: “Nunca más, en ninguna parte, volveré a sentirme en mi casa”.


  ¿Cuál es el criterio para valorar las sociedades? ¿Acaso calificarles entre “primitivas” o “civilizadas”? No se pueden ordenar de acuerdo con el “progreso” ya que éste es de doble sentido, hay mejoras y caídas en la vida colectiva e individual y no es lo mismo  observar una sociedad desde el exterior que en el interior de ella, ni el resultado es igual para el que mira ni para el que lo siente.

 

  Lévi-Strauss relata la ansiedad del que ve pero no comprende o solo puede contemplar parte de una vasta y rica realidad o la nostalgia de llegar tarde cuando seres y sucesos ya existieron, sin poder haber sido testigo y dar fe de ellos. El explorador goza con lo insólito, con lo extraño, con el misterio que no alcanza, con el árbol, el río o el animal de un reino encantado, pero también terrible para sus habitantes según el juicio de un europeo que habla, aunque no se lo proponga, en nombre de una antigua civilización nacida, también, del atropello y de la barbarie.

 

    Solo el paso del tiempo nos permite mirar lo que vimos, oír el canto de la naturaleza que no escuchamos,  el mensaje del silencio del desierto que no desciframos y que ahora, de pronto, despierta en la noche y nos revela su verdad oculta. Por ello Lévi-Stauss solo pudo escribir su gran libro, ciencia y autobiografía a la vez, Tristes trópicos, veinte años después de sus viajes al Brasil, cuando su  mente recorrió de nuevo la extensión de la Tierra.

 

   Este antropólogo, etnólogo, filósofo y poeta también  estudió a  América del Norte, Birmania, la India, los desiertos de Arabia, los bancos de Terranova, la meseta boliviana, Alemania y otros lugares. Su filosofía ha dado origen a uno de los movimientos más importantes del siglo XX, el estructuralismo, que inspira las  ciencias contemporáneas. Continúa vivo y pensante, ha cumplido su primer siglo de inmortalidad.

viernes, 23 de enero de 2009

La Prosa del Diluvio

Por: José Arizala


“Yo, Francois Besson, veo la muerte en todas partes. Unas veces de pie y otras acostado, me pongo tieso y miro. Apoyo mi frente sobre el frío cristal y veo detrás de los postigos cerrados una calle larga y curva por donde pasan las gentes. Una sombra violenta ha caído sobre el suelo; sobre ella marchan en silencio hombres y mujeres, se deslizan, se abisman y se pierden. Las luces de los faroles encendidos y los reflejos de los almacenes blancos repercuten a su alrededor; las tinieblas se apartan resistiendo como franjas de pelos. Por todas partes hay manantiales de luces que palpitan.

Están muertos, lo sé, no hay duda de ello; están muertos porque todo lo que me es exterior, está muerto; halos a modo de sudarios envuelven sus siluetas en el paisaje”. Este es un fragmento de la página 24 de la novela El diluvio del último premio Nobel de Literatura (2008), el francés Jean-Marie Le Clézio.

¿Qué opina el lector sobre este fragmento? ¿Sobrecogedor o trivial, triste, trágico, presagio de algo terrible que ha sucedido o que va a suceder? Sin duda no es literatura escrita con miel sino con sangre. Verdaderamente conmueve, quita la tranquilidad, nos hunde en horrores. ¿Tendrá razón el crítico del New York Times cuando anota que esta novela “refleja una inquietud absolutamente insaciable”? Es posible. Pero no es una inquietud filosófica sino existencial.

La prosa de Le Clézio es dura, violenta, escrutadora, nos llena de pesar y de temor. Muchos preferirán un estilo más suave, que nos alegre en lugar de arrastrarnos al abismo. Es la tarea del escritor que no está conforme con este mundo. En ocasiones, como si estuviéramos escuchando un viejo disco de revoluciones, se raya, se detiene, se repite, provocando en nosotros desaliento y cansancio: “la hoja desnuda sobre la cual un dedo avanza ciegamente elástico, un poco más arriba, a la izquierda, a la izquierda, a la derecha, cortando la vida, la vida”. El diluvio fue publicado por Gallimard en 1966.


“... el truco consiste en dar la sensación de que no ha sido premeditado, sino que hace parte de la locura normal que el personaje y todos nosotros padecemos en estos tiempos de vidrios rotos.”


Pocas veces aparece una nota optimista en esa prosa semioscura y difícil, como cuando menciona a un árbol milenario que por la edad oscila entre lo vegetal y lo mineral. La vida todavía está en él. “Hacía siglos que había cesado de agitar sus ramas, hacía siglos que no renovaba sus hojas y que no crecían sus raíces, pero aún existía”. Todo, pues, no está perdido. Tenemos la opción de la insistencia, de la resistencia, de la lucha, para seguir viviendo en medio de la hostilidad y el huracán de la muerte.

En los monólogos repite no sólo palabras y frases sino párrafos enteros que pueden desconcertar al corrector de pruebas más paciente. Pero presumo que el autor busca no ser descubierto, pues el truco consiste en dar la sensación de que no ha sido premeditado, sino que hace parte de la locura normal que el personaje y todos nosotros padecemos en estos tiempos de vidrios rotos.

Las ciudades ya no son bellas. Ya los escritores franceses no describen, como Stendhal, el esplendor de Roma, la ciudad eternamente bella, sino las ciudadelas modernas, asediadas, invivibles, donde el hombre muere con ellas: “Las casas ya no eran nada, y sin embargo, eran todavía; los movimientos, los colores, los deseos todo ello no significaba nada, y sin embargo había siempre movimientos, colores, deseos. Los hombres eran animales de vida, fijos, imbéciles, exangües, pero aún eran alguna cosa” Menciona la ausencia de algo que quizá Stendhal sí encontró en el siglo XIX : “En ninguna parte se encontraba la verdadera soledad, la soledad de su obsesión de absoluto. En ninguna parte se hallaba el silencio”.

Las metáforas originales se suceden a velocidades vertiginosas, se agolpan, se incomodan, se muestran como filos de cuchillos. Ninguna contemplación con el lector; pocas veces brillan en ellas la esperanza. Son metáforas agudas, tristes, que golpean. Tengo que confesar que hacía algunos años que no leía a un escritor tan poderoso, tan fuerte, tan digno de ser leído. Es un profeta del desastre de la sociedad del capitalismo tardío: “Por todas partes se cierne la amenaza de un pasado diluvio, recuerdo que oprime la garganta. Tal vez sea el horror de cadáveres mal enterrados o seca podredumbre de ramas caídas (...) Todo es desmesurado. Me parece que el mundo se ha torcido; tiene una llaga incurable”.

No he leído sus otras obras, pero dudo que Le Clézio pueda escribir mejor de como lo que hace en este libro doloroso y profundo. Aunque nació en Niza, su vida ha transcurrido en buena medida en la periferia del mundo. La isla Mauricio, África, América Latina. Incluso muy cerca de los colombianos, con la tribu de los Cunas, entre el istmo de Panamá y el Darién. Su retina ha ahondado en las diversas civilizaciones, desde las tribus primitivas hasta las grandes avenidas y tugurios del siglo XX. Conoce al hombre natural, limpio y valiente que vive en las selvas, en el desierto o en el mar y al enajenado de los balines de acero y las bombas atómicas de las metrópolis insaciables.

La Autobiografía de Kelsen

Por: José Arizala


Las vidas de los profesores y tratadistas son, por lo general, monótonas y grises. De su estudio-biblioteca a la universidad, para regresar al mismo lugar de donde partieron. Sin embargo hay excepciones. Algunos profesores son más que eso. Comprometidos no sólo con sus alumnos sino con el contenido de lo que enseñan, hasta el punto que vida-teoría forman un todo.

Hans Kelsen dedicó su vida al Derecho, a reflexionar sobre el papel de éste en la sociedad, entendiéndolo como un abrigo en el cual los hombres pueden pensar, actuar y combatir, por la civilidad y la verdad. Todo indicaba que su vida iba a ser tranquila como la de la mayoría de los académicos. Pero dos circunstancias conspiraron para impedirlo: su inocente culpa de ser judío y los tiempos tormentosos que le correspondió vivir.

Kelsen fue al mismo tiempo checo, porque nació en Praga el 11 de octubre de l88l, austríaco porque creció y se formó en Viena y estadounidense donde recibió la nacionalidad. Allí, las principales universidades de ese país le abrieron las puertas, aunque Harvard no lo hizo de par en par. Por la persecución nazi se vio obligado a abandonar sus cátedras en Praga, Viena, Colonia, Ginebra, hasta que embarcó en Lisboa para Nueva York.


... encontró una amplia analogía entre el concepto del Estado y el concepto de Dios, analogía que también observó Hobbes mucho antes que Kelsen, al referirse al Estado como el “Dios mortal”.



En 191l ya consideraba que “el derecho es, conforme a su naturaleza, norma, y en consecuencia toda teoría jurídica tiene que ser teoría de las normas, doctrina de las proposiciones jurídicas y como tal doctrina del derecho objetivo” (2008,52). Ha encontrado la clave de su pensamiento jurídico futuro. Tiene 30 años. Busca “la imprescindible pureza metódica para la ciencia jurídica”, por ello reconoce en Kant el filósofo que la garantiza al subrayar la oposición del deber ser y el ser. Criterio que lo acerca a Hermann Cohen, quien preside la Escuela neo-kantiana de Marburgo. De ésta toma, sobre todo, su teoría del conocimiento. Le inquieta a Kelsen ver cómo las tesis jurídicas se ven perturbadas por las concepciones políticas y religiosas de los autores, de una manera consciente o inconsciente. De aquí surge su “Teoría pura del derecho” (1934).

Su reflexión sobre el derecho y la política lo llevó a reconocer el dualismo y la contradicción que existía entonces en la doctrina predominante, del derecho y el Estado, que fundamenta, a la vez, la oposición entre derecho subjetivo y objetivo y público y privado (2008,57). Kelsen tiene la convicción de que el derecho es uno solo, objetivo, que la sociedad y el Estado se unen para dar origen al derecho: “en lo esencial la idea de la unidad del Estado y del derecho, el derecho presupuesto solo como derecho positivo”. Al Estado dejaba de considerarlo como “ un ente sociológico independiente de todo derecho”. Sus investigaciones fueron literalmente más allá, encontró una amplia analogía entre el concepto del Estado y el concepto de Dios, analogía que también observó Hobbes mucho antes que Kelsen, al referirse al Estado como el “Dios mortal”.

En 1920, tres años después de la revolución Rusa, Kelsen escribió Socialismo y Estado sobre “la teoría política del marxismo”, según afirma. Pero permítanme dos observaciones al respecto: Marx no alcanzó a elaborar una teoría política propia. Su obra es esencialmente filosófica y económica y la segunda, que Kelsen no entendió la teoría de Marx sobre el Estado pues la confunde con la anarquista de Bakunin. Importante su estudio temprano contra el fascismo El problema del parlamentarismo, publicado en 1925. Su defensa de la democracia, desde el punto de vista jurídico, fue constante y persuasiva.

Kelsen descendía de una familia modesta. Su padre fue un “dependiente de comercio” que vendía lámparas eléctricas en Praga. Hans no ejerció su profesión de abogado, de una manera distinta a la cátedra y como consultor. Ejerció cargos muy altos, pero siempre en la sombra como asesor de ministros y presidentes e incluso del Emperador austro-húngaro, antes que éste desapareciera de la escena. No tuvo ni tiempo ni oportunidades para hacer fortuna pues no pudo asentarse en un lugar, hasta que al final de su vida la Universidad de Berkeley lo nombró profesor de tiempo completo e investigador. Por fin pudo comprar una “pequeña casa” frente a la bahía de San Francisco, desde donde contemplaba el océano Pacífico.

Esta autobiografía de Hans Kelsen (1889- 1973) se publica por primera vez en castellano, traducida por el profesor Luis Villar Borda, por sugerencia del Centro de Investigación Hans Kelsen de la Universidad de Erlangen. Con esta edición la serie de Teoría Jurídica y Filosofía del Derecho del Externado llega a su número 50.

jueves, 8 de enero de 2009

La Verdad del Universo

Por: José Arizala

Un día de 1966 me encontré con el escritor Eduardo Mendoza Varela, entonces director del Suplemento Literario de El Tiempo. Le conté que viajaba a la Unión Soviética y que habían aprobado mi solicitud de conocer a Akademikogord (la Ciudad Académica), en Siberia Occidental. Me solicitó que escribiera a mi regreso un artículo sobre esa ciudad para su periódico. Lo titulé La luz más intensa de la tierra y fue publicado con gran despliegue. El presidente Carlos Lleras Restrepo me dijo en una ocasión que la lectura de mi artículo había influido en su decisión de reanudar relaciones diplomáticas con la URSS.

 

El recuerdo de este episodio, uno de los más interesantes de mi vida, ha regresado al leer la noticia de que el experimento más importante de la historia de la ciencia, se ha iniciado a 100 metros de profundidad, entre la frontera de Francia y Suiza. En un túnel de 27 kilómetros de circunferencia, el 10 de septiembre de 2008, haces de electrones a velocidades fantásticas chocan entre sí, buscando liberar la última partícula de la materia, que se esconde en el infinitesimal universo atómico para saber cómo y por qué surgió el cosmos, hacia dónde se dirige y si la mayor conflagración de los siglos pasados y futuros, ocurrirá.

 

Éste, desde luego, no ha sido el primer paso de las grandes potencias para averiguar el  secreto del universo. Con anterioridad muchos científicos de diversos países se propusieron descifrar el enigma de los enigmas: si la materia tiene fuerza suficiente para autocrearse en el espacio o si necesitó para existir el poder creador de Dios.

 

Mi viaje fue en verano, pues para un colombiano, aunque viva a 2.600 metros más cerca de las estrellas, un invierno siberiano podría resultar calamitoso. Salí del aeropuerto Dameodovo de Moscú, para los aviones que vuelan al interior del inmenso país, en un TU-104, el equivalente ruso del DC-3 norteamericano. (Los bombarderos rusos que han aterrizado recientemente en la Venezuela de Hugo Chávez y sobrevolado las agitadas aguas del Caribe, son TU-160).


  Si encontramos la verdad del cosmos seremos, quizá, cada día más libres, dependeremos para el conocimiento solo de nuestro propio esfuerzo intelectual (...)  lo que catapultará la confianza, la esperanza y  el poder del hombre en un mundo sin límites, donde todo lo bueno y lo bello sea posible.

 

La Académica es una ciudad única (que yo sepa) en el mapamundi. No hay talleres, ni fábricas, ni negocios. Solo l7 Institutos científicos y una universidad. Todos sus habitantes (con excepción de los que ejecutan los servicios) están dedicados al estudio y a la experimentación, a elaborar teorías y a avanzar en las fronteras del conocimiento. Cuando se disolvió la Unión Soviética (1991) ya habían 25 Institutos y probablemente han aumentado. Siberia sigue siendo parte de Rusia, país que reclama de nuevo su lugar en el escenario del mundo.

“Los intereses de la ciencia – me dice el académico Andrei Budker, Director del Instituto de Física Nuclear de la Academia de Ciencias de Siberia – exigen que se creen aceleradores (de partículas atómicas) cada vez más poderosos. Propusimos un método completamente nuevo: crear artificialmente átomos  de “anti-materia” para hacerlos chocar con los terrestres. Es decir, lanzar átomos de signo atómico opuesto (...) que avanzan a grandes velocidades en dirección contraria, para que choquen entre sí (...). Unos jóvenes científicos que manipulan este aparato, me mostraron la verdadera entraña de la materia. No podríamos describirla de otra manera: es una luz potentísima entre azul y blanca, la luz más profunda que pueda verse, la más intensa luz de la tierra” (Protagonistas de nuestro tiempo, 1995 p. 61).

 

Quienes concibieron la teoría del big-bang (la gran explosión)  calculan que hace l3.000 o l5.000 millones de años, una pequeña masa no mayor al tamaño de un huevo de gallina, que condensaba toda la energía posible, estalló repentinamente como producto de la tremenda presión a que estaba sometida y en pocos segundos se formó el universo. Esta hipótesis plantea  diversas preguntas que seguramente ya se han formulado los físicos y cosmólogos: ¿Antes de ese huevo super-cargado de energía, qué existía? ¿El espacio se habría reducido tanto que solo rodeaba a este pequeño núcleo de materia? ¿El desplazamiento “al rojo”,  o sea, la expansión continua y acelerada del universo, conduce a su dispersión total y a su muerte térmica?  ¿Llegará el  instante en que se inicie un proceso inverso y otra vez busque la unidad, es decir, su cohesión total? ¿En qué medida el ser humano, concreto, Usted o yo, de hoy o de mañana, se beneficiará con este gasto de más de 5.000 millones de dólares que ha pagado por dichas instalaciones la Organización Europea para la Investigación Nuclear?

 

                Si encontramos la verdad del cosmos seremos, quizá, cada día más libres, dependeremos para el conocimiento solo de nuestro propio esfuerzo intelectual, sin ninguna tutela externa, distinta a la sobrecogedora presencia del  mismo universo, eterno y tal vez infinito, lo que catapultará la confianza, la esperanza y  el poder del hombre en un mundo sin límites, donde todo lo bueno y lo bello sea posible.


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El último paso de Sócrates

Por: José Arizala

    En el comienzo del camino hacia el descubrimiento de la conciencia está Sócrates. Pero la larga vida reflexiva del filósofo terminará trágicamente. Un tribunal del pueblo que se reúne en la plaza pública, bajo los rayos paternales del sol, lo condenará a muerte. Y se cumplirá la sentencia de una manera inexorable, como si fuera una venganza de los celosos dioses de Atenas.

 

 Pero la culpa mayor de este trágico desenlace de una vida digna y proba no fue del jurado compuesto por 500 ciudadanos, escogidos de todos los barrios de la ciudad. Hasta el hombre más sabio y sereno puede llegar a ser  un hombre contradictorio. Durante el juicio Sócrates vacila, como en pocas ocasiones, con respecto a sus principios y se deja ganar por un sentido de superioridad sobre la mayoría de sus compatriotas que convierten la sentencia popular en inapelable.

 

   El gran filósofo que quiere y respeta las leyes, en el postrer momento de su vida, se revela contra ellas, se niega a aceptar el veredicto del pueblo, de un pueblo libre como el  ateniense, y cree más en la verdad de su conciencia, que en la equívoca versión  de sus jueces. Una prueba más de su culpabilidad. Una vez pronunciada la sentencia de morir al beber la pócima venenosa, el procedimiento penal ateniense le da al condenado la posibilidad de atenuar la pena y pregunta a éste cuál considera que sería la justa, por ejemplo, la multa o el destierro. Sócrates responde que ninguna. Por el contrario, que  merece los honores y el reconocimiento de la ciudad por despertarla del sopor de la mediocridad y de la indefinición.

 

  Sócrates ha descubierto que dentro de sí existe un genio o un demonio (daimon) que discierne a la par con él. Ese ser misterioso que lo posee es su verdadero juez y aunque en repetidas veces ha rendido ofrendas a los altares, en esta ocasión antepondrá su  propio veredicto al de los dioses atenienses que manifiestan su voluntad a través de la ley.

  

Sócrates al no reconocer su culpa se enfrenta  al pueblo ateniense que cree en sus dioses. El hombre  más sabio de su tiempo, que le dio vida al consejo que brilla en el templo de Apolo en Delfos: “Conócete a ti mismo”, no quiere humillarse ante el poder del pueblo, el poder más noble de todos.

 

    El elocuente discurso de Melito lo acusa precisamente de desconocer a los dioses, de ateísmo, diríamos hoy o de querer imponer nuevos dioses. Melito recuerda que los dioses que rigen la vida del Estado están señalados por éste y todos sus súbditos le deben respeto y obediencia. Entonces, cuando Sócrates, ese artesano, que en las esquinas de la ciudad subvierte a sus interlocutores con preguntas certeras sobre sus pensamientos y conductas y les revela el “daimon”, esa conciencia de sí, que nos dice en silencio lo que es bueno o malo, lo que debemos hacer o no hacer, está creando un  nuevo dios y por consiguiente un falso dios. El orador lo denuncia como un pensamiento peligroso que desconoce la legalidad de la ciudad, que conduce a los atenienses a la negación de la moralidad, de la tradición, de lo más entrañable y unificador, la religión oficial. ¿Qué sería de sus templos, de sus instituciones, de Atenas, si cada hombre puede escoger su pensar y su hacer, si los hijos no se someten a la autoridad de los padres y si estos no atienden a sus hijos? Los dioses nos han dado la manera de conocer su voluntad para vencer la inseguridad del futuro, la duda o el desconcierto. Para ello están los oráculos, la voz entrecortada  de las pitonisas o la visión de los adivinos, también las indicaciones del vuelo de las aves o  de las entrañas de los animales, el sacrificio de los bueyes en los altares divinos.

 

  Cada hombre tiene su propio oráculo: su conciencia moral, es el mensaje inmortal de Sócrates. Es su legado ante el cual rendimos admiración. “El eje de toda la conversión histórico-universal que forma el principio de Sócrates consiste en haber sustituido el oráculo por el testimonio del espíritu del individuo y en hacer que el sujeto tome sobre sus hombros la decisión” (Hegel).

 

   Sócrates al no reconocer su culpa se enfrenta  al pueblo ateniense que cree en sus dioses. El hombre  más sabio de su tiempo, que le dio vida al consejo que brilla en el templo de Apolo en Delfos: “Conócete a ti mismo”, no quiere humillarse ante el poder del pueblo, el poder más noble de todos. Contradecir la religión oficial es contradecir al Estado Absoluto, “el echar por tierra esa religión pública que era entonces la base de todo y sin el que el Estado no podía existir”, es el delito de impiedad que castiga el pueblo ateniense con su veredicto. Sócrates expone al Estado, a la sociedad ateniense “ a los peligros de la arbitrariedad sujetiva”, Introducía una nueva divinidad  que erige como principio la propia conciencia y que incitaba a la desobediencia y quizá, a la rebelión, lo que, entonces, constituía necesariamente un crimen, según Hegel.

 

  Existía la sociedad, existía el Estado, pero no la “sociedad civil”, que sería cosa de los tiempos modernos. Y fue el griego quien sembró la semilla de ésta.


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lunes, 5 de enero de 2009

Para leer en Navidad


Por José Arizala

          Después del mito del nacimiento del hombre relatado en el Génesis – aquel muñequito de barro que cobra vida al soplo divino- quizá el más famoso del mismo libro sagrado sea el de la Torre de Babel. Contiene elementos interesantes. Recordemos: los habitantes de la llanura de Sinar (no lejos del Eufrates) comenzaron a edificar la ciudad de Babel. Y decidieron construir una torre “cuya cúspide llegue al cielo”. Por razones que no explica la Biblia, Dios resuelve impedir la realización del proyecto humano, pero no utiliza su enorme poder destructor como en el caso de Sodoma y Gomorra, sino que prefiere métodos pacíficos, como el de confundir a los hombres, hasta el punto que ni ellos mismos se den cuenta de los designios divinos.

 

            “Tenían entonces toda la tierra un solo lenguaje y unas solas palabras” . Y Dios se propuso:”Confundamos allí su lengua para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra y dejaron de edificar la ciudad”. Más tarde esos pueblos, los caldeos, sumerios y asirios construyeron ciudades fabulosas como Nínive y Babilonia, hoy en tierra de Irak, cuna de la civilización. ¿ Qué hubiera ocurrido si  conserváramos  una sola lengua? Los pueblos aunque diferentes, porque hemos vivido en la selva o en el desierto, cerca de los volcanes o del mar ¿estaríamos unidos, conformaríamos la humanidad ?


 "Pasaron siglos y siglos, dolorosos y sangrientos, para que los hombres comprendieran que deberían regresar a la palabra común, al pensamiento amistoso y fraterno. Pero que ello no se lograría construyendo una torre por encima de las casas urbanas, sino sembrando un árbol. "

 

            Hablar un solo idioma habría ciertamente unido a los hombres y hecho extraordinariamente poderosos, pues acumularían la experiencia y la sabiduría de todas las generaciones, enriqueciendo a la especie humana y a cada uno de sus miembros: Formarían parte de un solo cuerpo  que se extendería por toda la tierra, como la piel de una criatura cuyos millones de poros observarían todas las señales del universo, permitido escuchar las voces y mandamientos con que se comenzaron a hilar los relatos de la historia.

 

             Pero lo más interesante del mito de Babel no es el intento de construir esa escalera al cielo, acomodando piedras y ladrillos más allá de las nubes y de las tempestades, dirigida por arquitectos geniales; leyenda con que los antiquísimos rabinos quisieron censurar la desbocada ambición humana, sino el fracaso de la descomunal empresa y las funestas consecuencias que se derivaron  de la confusión de las lenguas.

 

             La dispersión de las lenguas conjuntamente con la de los hombres, constituyó una verdadera catástrofe que ocasionó a la familia humana padecimientos enormes. La más dramática de todas: los hombres dejaron de entenderse los unos a los otros. La sociedad se fracturó en mil pedazos, pero también se quebró el interior de cada uno de sus integrantes, apareciendo los polos humanos. Unos miraron hacia el Norte, otros al Sur, cada uno reivindicaba una dirección distinta de los puntos cardinales. Así se inició la gran diáspora humana. Dejaron de sentir como propios su hogar, su río y su montaña, ascendieron a otros picos, verdes, grises, helados o dorados por el sol. Anhelaban ir más allá de la vista. La tierra que era virgen e incontaminada comenzó a sentir la planta humana, más cruel y violenta que la de otros animales.

 

            La falta de comunicación entre ellos creó la desconfianza, el recelo y la traición. La amistad, la solidaridad se rompió ante la amenaza del otro. No faltó el primero que gritó ¡Patria!, el que dibujó un círculo sobre la tierra común y reclamó su propiedad sobre ella., al igual que sobre el agua cercana y hasta de un trozo de cielo azul. La palabra que unió ahora dividía. Hubo una mezcla de palabras: tranquilas, frías, sabias, voluptuosas, hirientes. La palabra se trocó en moneda del pensamiento, franca o falsa, legal o mentirosa, que enriquece o empobrece la vida o la conciencia.

 

             Pasaron siglos y siglos, dolorosos y sangrientos, para que los hombres comprendieran que deberían regresar a la palabra común, al pensamiento amistoso y fraterno. Pero que ello no se lograría construyendo una torre por encima de las casas urbanas, sino sembrando un árbol. Comprendieron que sus aliados de toda la vida no han sido las losas de piedra sino las plantas, seres vivos que surgen impetuosas de la tierra y se dirigen naturalmente hacia el sol. Un árbol que nos ofrezca sombra a todos, con flores y frutos. Convertir la palabra Torre en la palabra Árbol, con profundas raíces en la tierra.


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Confesiones de Un (Escritor) Burgués

Por: José Arizala*
La autobiografía de Sándor Márai

    El título del libro de Sándor Márai es Confesiones de un burgués (Salamandra, 473 pág. 3ª edición. 2004). Márai es un escritor, pero en esta ocasión el énfasis de lo que escribe lo coloca, no en la literatura, sino en su condición humana, en su carácter, en los sinsabores de su vida de burgués centro-europeo entre los años 1900-1928.

 

    Antes de reflexionar sobre lo que escribe, por qué escribe, el autor se pregunta: ¿cómo vivo? ¿en qué creo? ¿pertenezco a una clase social o soy un ser único? ¿represento los valores de una clase y de mi pueblo o soy uno más entre los hombres, cuya emoción y pensamiento cambia como el viento de las llanuras? La expresión "confesiones" corresponde a la verdad. Cuenta muchas cosas de sí mismo que otros quisieran callar o esconder, entre otras, su inextinguible placer masturbatorio en la adolescencia. Hoy no alarman pero en los años 30 cuando fueron publicadas  debieron conmocionar a sus compatriotas y al público europeo. Inevitablemente trae el recuerdo de Las confesiones de Jean-Jacques Rousseau.

 

    Sándor Márai es el autor de un best-seller tardío.  La novela fue publicada en 1942, durante la segunda guerra mundial, pero es ahora cuando está de moda. 26 ediciones lleva en la traducción castellana.  Hablamos de El último encuentro. Un diálogo sobre la amistad traicionada entre dos ancianos en medio de un bosque apacible. Otras de sus novelas son La herencia de Eszter, Divorcio en Buda, La amante de Bolzano, La mujer justa.

 

    La autobiografía de Márai, cuyo verdadero apellido es Groschen-Schmied, "acuñador de monedas", se detiene, como dijimos arriba, a finales de la segunda década del siglo XX. Describe el despertar del siglo más conflictivo de la historia; sin embargo, pocas veces una centuria había comenzado con tan buenos augurios, hasta el punto que fue conocida como “la bella época”. ¿Resulta válido llamar autobiografía al relato vital de una persona que va a vivir 89 años y que la escribe antes de los 30? No, porque le faltan los años más largos de esa vida; sí, porque todo lo que el autor ha sido y va a ser ya se definieron en esos años.

2

    Márai es un hijo de la Europa Central, una de las regiones culturales más ricas del mundo, del imperio Austro-húngaro, donde existen ciudades bellísimas (Praga, Viena, Budapest), cuna de escritores y músicos, artistas y filósofos de fama mundial, paisajes inolvidables, ríos legendarios como el Danubio. Su infancia transcurre en la pequeña ciudad de Kassa, hoy Kosice, en Eslovaquia. ("La construcción tenía un aire propio de la época, la gloriosa época del capitalismo rampante, ambicioso, constructor y emprendedor" pág. 16). Él se considera de origen burgués porque su padre era un próspero abogado de provincia y sus tíos  pequeños terratenientes e intelectuales de valía. Después de cursar la secundaria viaja a Pest donde ingresará a la universidad. Estudiará periodismo porque desde temprano sentirá el deseo de escribir y publicar. Terminará sus estudios en Alemania.  Berlín le mostrará una ciudad cosmopolita para el exterior y provinciana en privado.  De todas maneras es su encuentro con el mundo, con la cultura europea.

 

    Antes de los 25 años ya escribe en el Frankfurter Zeitung, uno de los principales diarios del país. Gana el dinero suficiente para sostener una vida cómoda que le permite beber a discreción y pagar mujeres hermosas. Los viajes corren por cuenta del periódico. No obstante, los traumas de la infancia se hacen sentir, hasta el punto de descubrir su soledad radical ( "Yo, a la edad de 6 años me quedé completamente solo"), como núcleo del desajuste emocional que lo convertirá durante una época en un alcohólico y siempre en un desadaptado social, impidiéndole mantener relaciones humanas profundas por el resto de su vida.

 

    Antes de salir de su ciudad natal contempla una escena que verá repetirse a lo largo del siglo XX: "Se me antojó que la gente no se entendía bien, que había ira acumulada y mal disimulada, que todo lo que yo había visto en aquella plaza desde las ventanas de nuestra preciosa casa había sido una quimera y que aquella tarde era la primera vez que veía 'algo auténtico y verdadero' del mundo". Vio como los soldados derramaban la sangre de una multitud de campesinos que reclamaba sus derechos y mejores salarios.

3

    A Márai le llamó la atención la actitud de la burguesía a finales del siglo XIX con los pobres. Hablaban de ellos como si  constituyeran un mundo aparte, "una tribu extraña e indefensa a quien había que alimentar". Nadie reflexionaba sobre el problema de los pobres. Había que dirigirse a ellos con amabilidad pero como si estuvieran enfermos o locos. En su mundo no existían todavía los lemas (consignas diríamos hoy) que separarán con odio a los "pobres" de los "ricos". Ese mundo de burgueses liberales no creía que la pobreza fuera un problema grave, pues pensaban que  podía resolverse sólo con la caridad.  "Nadie me lo dijo expresamente, pero yo sentía en secreto que eran mis enemigos".  El populacho le parecía "algo sucio, pura basura". Qué sabíamos los hijos de las familias burguesas de “la vida", se pregunta.

 

    Las mujeres no aparecen en su vida como seres esenciales, sino como sombras que pasan. A la joven con que convive por más tiempo, si bien le asigna rasgos propios que le dan cierta consistencia, permanece a ras de tierra.  Muestra alguna ternura con la muchacha que le dice por primera vez que lo ama y le da el primer beso. Incluso su madre, a la cual atribuye cierta cultura, sensibilidad y cualidades de maestra, palidece ante la figura del padre, quien reina en el hogar desde un trono majestuoso e influye mucho más en él.

 

La Hungría de entonces era un país católico. Colegios confesionales, rezos al comienzo y al final del día. Modelados los jóvenes por los sacerdotes, sin que falte la tentación del maestro por el alumno. Pero el matrimonio de sus padres es un infierno. No forman una verdadera pareja sino bandos enfrentados, "nunca llegan a saber que el odio oculto que condiciona su convivencia es una señal no sólo del fracaso de su vida sexual, sino también, en estado puro, de un odio primitivo entre distintas clases sociales".

 

    A los 14 años Márai ya se porta como un rebelde. Comprende que no pertenece a nadie, ni a hombre ni a mujer, ni a familiar ni a amigo, cuyas compañías no puede resistir por largo tiempo. "Soy un burgués - escribe - tanto por mis ideas como por mi manera de vivir y mi actitud interior, pero no me siento bien en compañía de burgueses". "¿Por qué no encuentra el hombre su lugar en la tierra?"

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A veces se refiere a la tarea del escritor: una persona feliz nunca desarrollará un trabajo creativo: "A los escritores el trabajo - con independencia de la calidad de las obras - nos obliga a mantener ardiendo nuestro corazón, nuestros nervios y nuestra mente".

 

    Márai será un escritor y un periodista brillante. Pero, según su dramático testimonio, nunca encontrará la paz interior, la serenidad.  Se convertirá en un antifascista que, después, abandonará a Hungría como protesta por el predominio soviético en su patria. Se radicará finalmente en los E.E.U.U donde le concederán la nacionalidad. Se suicida en 1989.  Su autobiografía de 1928 termina con estas palabras premonitorias: "Cierto que he visto y oído a Europa, que he vivido su cultura… ¿Acaso se puede pedir más de la vida?. Ha llegado ya el momento de poner punto final; ahora, como último mensajero de una batalla perdida, sólo deseo recordar y callar".


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* Profesor Universitario. Columnista.

El Último Encuentro... Verdadero

Por: José Arizala

Compré el libro El último encuentro de Sándor Márai del que desconocía casi todo. Ni siquiera quien era su autor. Pero algo me decía que podía ser un buen libro, una buena novela. Tal vez la tira que lo envolvía me ayudó a decidirme: “23 ediciones”, un best-seller. Lo que he logrado averiguar sobre su autor es lo siguiente: Sándor Márai, es un seudónimo, su verdadero nombre es Sándor Grosschmid. Nació en 1900. En Kassa, actualmente Košice, un poblado que pertenecía entonces al imperio austro-húngaro y hoy a Eslovaquia. Se nacionalizó en los Estados Unidos de América en 1952, después de abandonar Hungría en l948, como protesta por la presencia soviética en su país. Escribió poesía, teatro, novela y una autobiografía, Confesiones de un burgués.

 

Al adquirir el libro me pregunté ¿cuál es “el último encuentro”?. El tema de la novela es la amistad, expuesta como un sentimiento profundo, a la altura del amor, sin que lo erótico participe en él, por lo menos conscientemente. Se trata del  re-encuentro de dos amigos.

 

Esta novela vio la luz en 1942. Dicen los actuales editores españoles (2004) que tuvo un éxito inmediato, pero que el autor cayó en el olvido porque el gobierno húngaro no permitió la publicación de sus obras, luego de que saliera de su país. Lo que explicaría el olvido en Hungría, pero no en Europa Occidental. Parece, pre-juzgo, que su obra literaria es desigual.

 

El personaje central de la novela es un General del ejército imperial. Posee una mansión en medio del bosque, todavía poblado de animales de caza, situada en la cordillera de mediana altura de los Cárpatos, que atraviesa parte de Europa Central. El palacete simboliza la sólida aristocracia a la cual el oficial pertenece. Él se siente orgulloso de que en su casa, una noche, su madre haya bailado con el Emperador. Recibe una carta de su amigo Konrád que le anuncia su visita. Este ha sido su camarada de juventud y luego de gran parte de su vida adulta. La mansión en que vive el General con  Krisztina, su bella esposa, ha sido prácticamente el hogar de los tres. Han compartido largas cenas, los bailes, la caza del zorro. Hace 41 años que los dos amigos no se ven.


¿Acaso la decadencia de la vejez no hace superfluo cualquier reclamo o la aclaración de algo que sólo en apariencia se ve oscuro? Los miembros se debilitan, los espíritus se fatigan. “Un día te despiertas y te frotas los ojos, y ya no sabes para qué te has despertado”. Sí, todo el cuerpo envejece, menos la vanidad. 


 

Sus vidas han sido muy distintas. Konrád es de origen modesto, adelantó su carrera militar con graves dificultades económicas, que lo hacían depender, en cierta forma, de la fortuna del aristócrata. Mientras que, por su talento, su afición a las buenas lecturas, a la música, muestra su superioridad intelectual sobre su adinerado amigo.

 

            Un día Konrád pide la baja de su regimiento y repentinamente desaparece. Años después el General se entera de que Konrád vive en Londres como empleado de una empresa comercial que lo ha destinado a Malasia. Allí transcurren muchos años de la vida de éste. Gana dinero pero está obligado a vivir en el trópico y a sufrir las incomodidades que conlleva para un habitante centroeuropeo.

 

El General se prepara para recibir gentilmente a su entrañable amigo. La mesa será para dos, pues Krisztina hace años ha muerto. El diálogo entre los antiguos compañeros, llenos de gratos recuerdos comunes, constituye la novela. Una larga conversación, sutil, irónica, poblada de silencios y de reproches velados. El General ha esperado este encuentro, que sin duda será el último. Aunque tiene 75 años, al igual que su colega, no ha querido morirse, no ha podido morir, antes de escuchar las respuestas de Konrád a las preguntas que él ha guardado en su pecho durante 41 años.

       

¿Por qué huyó? ¿Por qué vaciló en el último segundo en disparar su rifle durante la cacería? ¿Por qué, mientras el General averiguaba por la suerte de su amigo y llegaba a la casa de éste por primera vez, entró inesperadamente Krisztina? ¿Esas inquietudes, después de tantos años, tienen alguna utilidad? ¿Acaso la decadencia de la vejez no hace superfluo cualquier reclamo o la aclaración de algo que sólo en apariencia se ve oscuro? Los miembros se debilitan, los espíritus se fatigan. “Un día te despiertas y te frotas los ojos, y ya no sabes para qué te has despertado”. Sí, todo el cuerpo envejece, menos la vanidad.

 

Konrád no niega pero tampoco afirma. En ocasiones asiente. Si el General ya no odia, sino que tiene lástima por el desleal, Konrád no se arrepiente. Los dos están pensando en  Krisztina, en su hermosura, en el lecho de amor que ambos disfrutaron en lugares y horas diferentes que, sin saberlo, los unía cada vez más.

 

Discretamente la novela alude a ciertos acontecimientos de la época. Konrád relata el siguiente: Era el año de 1917. Obreros chinos y malayos trabajaban entre las ciénagas y la selva. El mundo estaba en guerra. No había teléfono, ni radio, ni periódicos. Sin noticias del mundo desde hacía semanas. No obstante los obreros interrumpieron el trabajo sin ninguna razón. Cuatro mil de ellos depositaron sus herramientas sobre el suelo y dijeron que ya estaba bien. Empezaron a hacer toda clase de reclamos, entre ellos, derechos sindicales, aumento de salarios, etc. Konrád viaja a Singapur y allí se entera de que había estallado la revolución en Rusia. “Un hombre llamado Lenin había regresado a su país, en un vagón blindado, llevando las ideas bolcheviques en su equipaje”.

 

En 1989, meses antes de que el mundo cambiara de nuevo, Sándor Márai, cansado de vivir, decide efectuar su último y verdadero encuentro: su cita con la muerte. Cuando terminé el libro descubrí que acababa de leerlo por segunda vez.

 

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